Queridos compañeros y compañeras:
Hoy escribo con una mezcla de tristeza, indignación y esperanza. Tristeza al ver hasta dónde puede llegar la indiferencia; indignación por las palabras que han surgido desde quienes deberían ser ejemplo de respeto y tolerancia; esperanza en que aún haya corazones capaces de escuchar y de cambiar.
El pasado 25 de abril, en Ceuta, 4.000 almas salimos a marchar por la paz en Palestina. No salimos por religión ni por política; salimos por humanidad. Para decir que no aceptamos más muerte de inocentes, que no aceptamos mirar hacia otro lado mientras se comete una masacre, mejor dicho, un infanticidio…Porque la mayoría de las víctimas de esta tragedia pertenecen a la población infantil.
Se están bombardeando hospitales, escuelas; se están destruyendo lugares de culto, tanto iglesias como mezquitas. Y no, no es cuestión de religión. Sería un acto de profunda ignorancia pensar que lo es, cuando Palestina, y en particular Jerusalén, ha sido cuna de las culturas que sostienen nuestras creencias actuales. No se trata de cristianos, musulmanes o judíos; se trata de seres humanos, de niños, de vida.
Cualquier ser humano, en su sano juicio, abogaría por la paz. Quien no lo haga, quien justifique o guarde silencio ante el dolor, ha perdido parte de su humanidad.
Cada alma perdida es una lección que no hemos aprendido. ¿Hasta cuándo tendremos que esperar para aprenderla? Esto no empezó el 7 de octubre de 2023. Esto lleva décadas, lleva generaciones enteras sufriendo, llorando y clamando justicia. Y como sigamos así, pasará un siglo entero y seguiremos sin haber aprendido nada.
Tenemos que parar esta barbarie. Tenemos que levantar nuestra voz ahora que todavía podemos hacerlo. Porque en pleno siglo XXI, en un mundo que se autoproclama progresista y evolucionado, seguimos presenciando horrores: el conflicto de Palestina, el de Ucrania, el de Myanmar, la persecución del pueblo uigur en China, la tragedia olvidada del Congo… y muchas más. Y es una pena que solo algunas tragedias reciban atención, mientras otras quedan en el olvido.
Esta vez nos alzamos por Palestina, por el largo sufrimiento que llevan soportando y por la brutalidad con la que hoy se perpetúa. Pero no olvidamos ni ignoramos al resto. No nos posicionamos a favor de la violencia bajo ningún concepto. Defendemos la paz, en Palestina, en Ucrania, en Myanmar, en el Congo, con los uigures… en todos los rincones donde la injusticia siembra dolor.
Entre todas las voces que deberían haberse sumado al clamor de paz, surgieron otras que dolieron aún más: las de quienes tienen el privilegio y la responsabilidad de educar. Entre ellas, una docente que públicamente escribió: ”¿Por qué cojones no os vais allí a manifestaros o mejor, a vivir?”. Palabras que destilan desprecio, palabras que no deberían salir jamás de quien forma a las futuras generaciones.
Dijo también: “De verdad que son ganas de hacer lo blanco negro. ¡Ignorancia supina!”. Pero la verdadera ignorancia no es pedir paz. La verdadera ignorancia es justificar el sufrimiento de inocentes, es dividir a las personas por su origen, su cultura o su fe.
En su comentario añadió: “Resulta que ahora los terroristas son los israelitas y los borregos ahí defendiendo lo indefendible”. Resulta ser que, defender la paz, nos convierte en borregos, en cuatro mil borregos equivocados. Estos borregos, defendemos la vida. Defendemos el derecho de cada niño a crecer, a jugar, a soñar sin miedo a que un misil destruya su futuro.
Y repite: “Iros para allá por favor. ¡Buahhh qué rápido lo solucionaba yo!”. ¿Qué paz puede ofrecer quien habla desde el odio? ¿Qué educación puede transmitir quien banaliza la muerte?
Porque no eran soldados. Eran sueños con mochila. Llevaban babis, no uniformes militares. Eran risas en el recreo, dibujos en papel, palabras aprendidas a medias, carreras en el patio. Eran…porque ya no están.
Como docentes, nuestra responsabilidad va más allá de la enseñanza académica; debemos ser defensores de la infancia y velar por su bienestar.
Hoy más que nunca, recordamos que para ser docente no basta con aprobar un examen. Para ser docente hace falta vocación, empatía, humanidad. Debería ser requisito pasar pruebas psicológicas y emocionales, no solo antes de ejercer, sino de manera periódica a lo largo del tiempo, porque quien siembra odio, quien normaliza la violencia, no puede, no debe, estar al frente de quienes son el futuro del mundo.
Nosotros, docentes, deberíamos ser ejemplo de empatía, de respeto, de humanidad. No hay “moros”, no hay “guewris”; hay personas. Personas que sienten, que sufren, que merecen vivir en paz. Ceuta, la ciudad de cuatro culturas, debería ser un claro ejemplo de convivencia, no de división. No podemos permitir que el odio camuflado consuma nuestros corazones.
Hoy más que nunca, la educación necesita voces que enseñen a construir, no a destruir; corazones que se duelan con el dolor ajeno, no que lo ignoren. Nosotros educamos a la generación que vivirá en el futuro; somos parte de la llave que puede abrir la puerta a la paz. No podemos enseñar indiferencia ni odio. No podemos ser cómplices callando.
Porque callar, cuando matan a niños, también es ser cómplice.
Alcemos nuestra voz. Por Palestina. Por Ucrania. Por Myanmar. Por los uigures. Por el Congo...etc. POR CADA RINCÓN QUE ESTÉ SUFRIENDO INJUSTICIAS. Por cada NIÑO, por cada VIDA.
Por la humanidad.
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