Mi opinión sobre Carrillo creo que se acerca más a la primera de las posturas de la izquierda, aunque tampoco del todo. Por un lado y aun comprendiendo el contexto histórico de la Transición, con todo su ruido de sables y con tantos militares fritos por sacar los tanques a la calle, no puedo perdonarle a un dirigente que se dice comunista tanta bajada de pantalones con tal de no molestar al poder. Me duelen los ojos cuando le veo felicitar amistosamente por su cumpleaños a ese mataelefantes que habita en La Zarzuela, o en fotografías de risitas con Manuel Fraga, un cerdo defensor del Franquismo hasta sus últimos días y firmante de sentencias de muerte de demócratas. Una cosa es ceder en ciertos aspectos y otra muy distinta renunciar a principios básicos inamovibles faltando al respeto a miles de muertos, exiliados y torturados y traicionando a cada trabajador que deposita su confianza en ti pensando que defiendes sus intereses y no los del sistema que le oprime. Un luchador antifascista no puede hacer pactos con fascistas culpables de asesinatos, gentuza que sin ningún pudor llenaban los escaños del Congreso de los Diputados en los años setenta y ochenta y que más tarde siguieron engordando las filas del “democrático” Partido Popular.
Pero dicho esto, mi admiración por aquel joven con aspecto de seminarista que tan heroicamente plantó cara al bando nacional y siguió con la lucha en el extranjero es tal que no puedo condenarle sin más a la hoguera de los traidores. Supongo que soy un romántico y me puede más el héroe que el villano y claro queda que los únicos ataques que admito hacia don Santiago son los efectuados por aquellos que se sintieron traicionados, por las gentes de la izquierda luchadora. La derecha española, esa que jamás ha luchado por la democracia en este país, no tiene absolutamente ninguna legitimidad moral para permitirse el lujo de hacer una sola crítica. Ni una.
Algunos “moderados” que lean esto no entenderán que el Carrillo que yo admiro sea precisamente el demonizado por el pensamiento único y que sea al de la Transición al que critique y ataque. Pues sí, mi héroe es el de Paracuellos y lo digo con la boca grande. Para mí, en una guerra lo importante es la causa que defiende cada bando y el bando republicano siempre defendió la democracia. Nunca he visto a nadie ponerse a criticar los crímenes que pudieran cometer los Aliados en su lucha contra el nazismo en la II Guerra Mundial. En las guerras se fusila y se cometen barbaridades y si Carrillo hubiera sido culpable -que no lo fue- de aquello habría que situarlo en el contexto en el que se produjo, en el caos de una guerra en la que un bando era mucho más débil que el otro y estaba siendo masacrado por quiénes tenían más armas. Es curioso que los que llevan siempre Paracuellos en la boca no tengan problemas, en la mayoría de casos, en llamar demócratas a ex falangistas o al Rey. Pero ¿cuándo han sido demócratas los Borbones? La historia nos demuestra que esta gente, cada vez que ha habido un intento democratizador en el país, ha utilizado todos los métodos a su alcance para ponerle freno y seguir conservando el mando de una España que siempre han pensado como suya, de ahí el imprescindible destierro de Alfonso XIII tras la proclamación de la II República. El actual monarca no es mejor que su abuelo, no es más que otro parásito, un vividor puesto a dedo por un dictador fascista y un aprovechado que pretende vendernos una imagen de demócrata campechano y cercano basándose en su apoyo a una Constitución –que por cierto, nunca ha jurado- que le mantiene en una posición de privilegios e inviolabilidad distinta y superior a la de cualquier otro español.
Tomemos ejemplo de nuestro pasado republicano, montémosle en un tren que les mande bien lejitos y asegurémonos de que nunca vuelvan. Nos ahorraremos chóferes humillados, cartas vergonzantes, yernos sinvergüenzas y salidas de tono autoritarias y asquerosas en cumbres Iberoamericanas. Ni reyes ni amos nunca más. Seguro que el Carrillo no domesticado así lo hubiera querido. Salud y República.





