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Cardenal

Por qué se visten así los cardenales? ¿Tiene alguna relación este nombre con el color de sus hábitos? Sorprendentemente esta pregunta me la han formulado unos amigos, no tras observar las ceremonias del Cónclave, sino cuando se han divertido con la chirigota de “El Yuyu”. A quienes, haciendo un ejercicio de etimología popular, opinan que la palabra “cardenal”, con el que también designamos a los hematomas y a ciertos tipos de toros y de aves, deriva de su parecido con los hábitos talares de los príncipes de la Iglesia Católica, les recuerdo que el origen de ambas denominaciones es diferente.

El hematoma -tumor sanguíneo producido por la ruptura de vasos- toma su nombre del color morado claro, similar al de los lirios. El toro “cárdeno”, por el contrario, es bicolor y posee el pelo mezclado de blanco y negro en sus distintas variedades: normal, franciscano, entrepelado, estornino, mosqueado, nevado y salpicado.

También recibe el nombre de “cardenal” un pájaro dotado de cuerpos pequeños, de pico corto y de cola larga, cuya cabeza está provista de un moño eréctil y su plumaje sí es rojo vivo como el de los cardenales romanos. Pero el nombre de “cardenal” -que se asigna a los componentes del Sacro Colegio, el consejo que asesora al Papa en los asuntos importantes y cuya misión principal es la elección del Sumo Pontífice- procede del término latino cardine, que significa el “gozne de la puerta”, el elemento que, manteniéndose estrechamente unido al quicio, hace posible la comunicación con el exterior y la entrada y salida.

En los primeros siglos de la Historia de la Iglesia el oficio de consejeros papales y de ejecutores de sus normas pertenecía a los presbíteros de la iglesia de Roma y a los diáconos que vigilaban la administración de las limosnas en cada uno de los barrios o cuarteles. La importancia de este clero consultivo aumentó después del año mil, época en la que se le reservó la elección pontificia y se hizo más clara su colaboración en el estudio y en la administración de los negocios eclesiásticos. Según Belarmino, los primeros cardenales eran los titulares de las parroquias de Roma que asistían a la misa del Papa, colocados en los extremos del altar, ad cardinem altaris.

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