Brigada de Transmisiones, José Parra Abad, testigo el 13 de enero de 1958 en la estación directiva de El Aaiún.
Sobre los artículos que escribo me preocupo y siempre trato de documentarme, o bien en los archivos o bien, aún mejor, con quienes fueron protagonistas o testigos de los hechos de armas. Por eso tengo la completa seguridad de que siempre que escribo una línea tengo detrás de mí un documento o un testimonio que me respalda. En este caso concreto, los seis meses que estuve como cabo primero en el Regimiento de Transmisiones de El Pardo me avalan para exponer al brigada José Parra Abad, cuyo testimonio me llegó a través de su hijo, compañero que estuvo en la misma unidad, Francisco Parra Vidal (comandante retirado).
El brigada José Parra Abad había nacido en Bahía Blanca en la República de Argentina. Aunque sus padres eran oriundos de Almería, su padre tuvo que trasladarse a esa nación hermana, porque el gobierno argentino lo contrató como experto ferroviario para llevar a cabo la instalación del ferrocarril en dicho país.
Su hijo, mi buen amigo y compañero Francisco Parra Vidal, en un extenso documento me narra los recuerdos que anidan en el corazón de todo hijo: “mi padre era un enamorado de la radio y así mismo me lo contaba. En su destino en La Coruña los compañeros lo llamaban loco, al verlo subir conmigo a las terrazas y sitios elevados con el fin de montar las antenas y, tal como ellos decían, poder comunicarnos con otros locos a una distancia de entre 50 a 100 kilómetros. Aquellos espectadores exclamaban: ‘pero es sin cables’. Se les explicaba, pero no lo comprendían. Tan solo oían unos extraños pitidos llamados código Morse”.
Se puede afirmar que la vida en algunos casos maltrata al ser humano. Como más adelante se podrá leer, el brigada Parra sufrió en sus carnes una auténtica caballada por un error.
Muy joven, el brigada Parra ingresa en la Armada, y su afición y vocación por las transmisiones lo llevan a realizar el curso de cabo, siendo ascendido a este empleo en la especialidad de radio. Embarca en 1937 en un buque de guerra de la armada española. Tras disfrutar un corto permiso, al incorporarse al buque es detenido bajo la acusación de espionaje a favor del enemigo.
Finalmente, fue exculpado de dicha acusación, pues ocurrió que en su ausencia el sustituto, un sargento-radio, era el que se dedicaba a colaborar con el enemigo. La indignación no es para menos y el entonces cabo Parra Abad solicitó la baja en la armada y a su vez el ingreso en el Ejército de Tierra.
En 1947, al crearse el cuerpo de especialistas del Ejército de Tierra, ingresó en dicha especialidad con los galones de sargento en su bocamanga, y llegaba a lo que más le ilusionaba: la radio, cuyo destino sería el regimiento de Transmisiones de El Pardo (Madrid).
Ascendido a brigada, seguía en dicho regimiento, y allí muchos que lo conocimos veíamos la figura de un hombre de una gran humildad, reflejo de lo que un intelectual escribió: “creo que la primera prueba de un hombre verdaderamente grande es su humildad”, John Ruskin.
Hombre de gran imaginación, sabía enseñar a sus discípulos. En una de sus clases de transmisiones con una emisora alemana, explicando que la lectura era “EIN” y en otro externo “AUS”, como algunos no lo entendían, uno preguntó su significado. Con un poco de humor, el brigada Parra dijo: “¡puede decir Auscuras!”.
Tras su destino en el Regimiento de Transmisiones, dejó el recuerdo imborrable de un hombre bueno y justo. En todos sus destinos dejó un sinfín de admiradores que lo recordaban con cariño, pues siempre practicó aquello de ‘primero persona y después el cargo’. Yo diría que la estampa de este magnífico soldado puede reflejarse en aquello que escribió una célebre escritora: “sé justo antes de ser generoso: sé humano antes de ser justo”, Cecilia Bohl de Faber Justicia (pseudónimo Fernán Caballero).
Durante el viaje en barco desde Cádiz a El Aaiún, hoy después de más de medio siglo, los que estaban a sus órdenes (los entonces cabos primero Jesús García Portero, Felipe Gallego Nogales, Gil Herrero, Palacios, el cabo Antonio Bautista Vilela y otros más) afirman que su brigada no era el clásico jefe autoritario, era un padre, pues a pesar del mareo les hacía levantarse para obligarles a comer y que se les aliviara el mareo.
En El Aaiún, cuando salían en los jeeps por el interior del desierto a realizar prácticas con las emisoras (que se hacían las salidas de madrugada), nadie lo veía, pero sabían que era el brigada Parra. En cada jeep había naranjas y hasta incluso comida. La pregunta que se hacían aquellos jóvenes soldados era: ¿de dónde lo habrá sacado? La respuesta era fácil: lo conseguía de la residencia de oficiales y suboficiales, y con dinero de su bolsillo. Era lo que ellos decían: “¡un padre!”.
Testigo importante fue el 13 de enero de 1958. Le gustaba estar al pie del cañón, y allí se encontraba en la estación directora, en aquel fatídico día del combate de Edchera. Sin lugar a descanso, el brigada Parra, pegado a la estación directora, fue el soporte de ayuda que daba aliento cuando empezaron a fallar las comunicaciones. Él mismo les decía emitir en forma silenciosa para ahorrar baterías, y ante todo transmitía tranquilidad, comunicándoles: “¡estoy en escucha permanente!”. Era una máquina de transmitir sabios consejos. Aunque le tocó tragarse muchas lágrimas al ver el resultado de dicho combate: 40 legionarios muertos y cerca de otros tantos heridos.
Su profesionalidad fue reconocida por el ejército francés, que le concedió la “Croix de la Valeur militaire”. Su hijo el día que lo llevó gravemente al hospital en ambulancia dijo: “tan grande por dentro y tan sencillo por fuera”.
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