No os llama la atención -queridos amigos- lo poco valorado que está, tanto en la prensa como en nuestras conversaciones entre amigos, hablar bien de las demás personas? ¿No tenéis la impresión de que se cotiza más hablar mal, despotricar y vestir de limpio a los que piensan o actúan de maneras diferentes a las nuestras? Algunos están convencidos de que “criticar” es censurar, protestar y murmurar. Cuando digo “hablar bien”, no me refiero a la adulación o a hacer la pelota, sino al simple reconocimiento de las cualidades y de los méritos de los otros.
Comprendo que se reproche la adulación porque a veces esconde intenciones retorcidas, pero es doloroso y preocupante que haya personas que sufren cuando leen o escuchan elogios y que disfruta cuando leen o escuchan insultos. Son los que confunden la crítica y la injuria. La crítica es una tarea positiva, útil y necesaria, es una actividad humana importante y difícil que consiste en analizar los comportamientos humanos para identificar sus orígenes y sus consecuencias, sus valores y sus fallos.
Pero murmurar es diferente: es quejarse, despotricar y vestir de limpio, sobre todo, a los que no están presentes. Es insultar, es desprestigiar, calumniar y, a veces, injuriar. Las murmuraciones, las burlas y las difamaciones nos revelan más el talante de quienes las emplean que los defectos de los que son objetos sus comentarios. A veces son síntomas evidentes de una irreprimible tendencia a atribuir a los demás los propios defectos.
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