La barriada Benítez de Ceuta es ahora una extensión de la playa del Trampolín. El asentamiento va comiendo terreno hasta hacerse con las inmediaciones de la desaladora y los inmigrantes han conseguido construir un nuevo poblado en esta zona.
Mantas y cartones que hacen de paredes, palos de hierro y madera que sostienen las estructuras, bolsas llenas de tierra utilizadas como cimientos además de colchones encontrados en distintos puntos de la ciudad introducidos en su interior.
Incluso las algas que llegan a la orilla tienen ahora una función: sirven para cubrir los techos, son las nuevas tejas.
Las construcciones cambian cada día. Sus habitantes buscan materiales, los transportan hasta la playa y tratan de mejorar las condiciones de unos espacios que se han convertido en sus hogares.
Ellos, orgullosos de sus construcciones, invitaban a El Faro a visitar su interior.
Esta misma mañana, dos hombres subsaharianos caminaban desde Benítez hacia la playa del Trampolín cargando un colchón de grandes dimensiones. Otros transportaban palos y diferentes objetos que acabarían formando parte de alguna de las nuevas habitaciones.
El movimiento es constante. Personas que entran y salen, jóvenes que buscan materiales y otros que permanecen junto a sus pequeñas construcciones.
Las duchas públicas de esta playa son ahora su nuevo aseo, con gel en mano, y la zona verde entre la desaladora y el arenal de la playa se ha convertido en el cuarto de baño. El hedor que brota de este espacio es insoportable.
La vida transcurre ahora también junto a la desaladora, pared con pared. La Ciudad ha solicitado este domingo el desalojo urgente del asentamiento, mientras las personas que permanecen allí continúan organizando su día a día.
A pocos metros de la instalación había esta mañana varias fogatas. Sobre ellas se cocinan huevos y otras comidas. El humo se extiende por la zona y su olor es perceptible en la barriada.
Uno de los jóvenes enseñó a El Faro su comida recién cocinada, huevos y lo que parecía harira marroquí. Lo hizo orgulloso e incluso quiso compartir con este medio su guiso.
En mitad de la precariedad la fogata se convierte en un imprescindible para cocinar, un hecho que está registrado con sanción administrativa en la normativa municipal, pero que no afecta a los asentamientos de inmigrantes.
Dentro de las chabolas, las camas también se construyen con lo que encuentran. Mantas y colchones forman los lugares donde descansan después de pasar el día en la calle.
Hassan, de 21 años, y Mustafa, de 23, cuentan a El Faro por qué han llegado hasta aquí. Ambos buscan una nueva y mejor vida lejos de Marruecos. Explican que regresar no forma parte de sus planes porque, según relatan, tienen “problemas con la familia y musulmanes de allí”.
Ahora su vida está en Benítez. Duermen junto al mar y esperan poder acceder a alguno de los espacios habilitados para la acogida de inmigrantes.
Hablan de las noches, del frío y del agua. Cuando la oscuridad cubre Benítez, el agua de la playa llega hasta los pies. Las algas se acumulan alrededor de las chabolas y el viento entra por los huecos de unas construcciones levantadas con materiales improvisados.
“Es duro vivir aquí”, aseguran.
A pesar de las condiciones, explican que continuarán en el asentamiento mientras esperan una plaza en los espacios de acogida. Su objetivo está más allá de Ceuta: llegar a la península y comenzar allí una nueva etapa.
Entre las personas que permanecen en este nuevo asentamiento también hay menores de edad. Así lo han trasladado a El Faro algunos de los jóvenes durante la visita a la zona y así lo ha pedido ver este medio.
Algunos de ellos han posado todos juntos para una foto. No estaban todos, había muchos más que no se encontraban en este lugar en ese momento.
Según explicaron los propios menores, varios de ellos han buscado alojamiento en espacios de acogida y aseguran que les han comunicado que actualmente no hay plazas disponibles.
La presencia de menores añade otro motivo de preocupación a la situación que se vive en Benítez, donde las construcciones siguen creciendo mientras las personas esperan un refugio.
Mohamed, de 29 años, recuerda también el momento de las entradas masivas. Habla de lo sucedido con tristeza y asegura que la gendarmería marroquí “obligaba a los chavales a lanzarse al agua y les golpeaba con porras”.
“Murió mucha gente”, relata.
Ahora, quienes viven en la playa miran hacia el mismo destino. Quieren salir de las chabolas, dejar atrás las noches de frío y alcanzar la península.
Allí esperan encontrar la oportunidad de empezar la vida que buscan, empezando por encontrar una plaza en alguno de los espacios de acogida de inmigrantes habilitados en Ceuta.
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Que mejoren su vivienda en su país o en la casa de los progres.