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Bangkok

"Después de disfrutar del gélido frío del Himalaya en Nepal, paso al extremo opuesto tras las pocas horas de vuelo que me traslada a Bangkok"

Después de disfrutar del gélido frío del Himalaya en Nepal, paso al extremo opuesto tras las pocas horas de vuelo que me traslada a Bangkok. El calor y la humedad me dieron la bienvenida en cuanto salí del aeropuerto. Un tuk tuk me trasladó a un hostal tranquilo del centro, cerca del rio Chao Phraya, que atraviesa serpenteando de norte a sur todo Bangkok.

La mañana me ofrece un panorama distinto de la ciudad al que fui testigo por la noche. El calor se hace más insoportable y el bullicio de tráfico y gente invita a buscar la sombra en lugares menos concurridos. Atravieso un mercado de frutas y verduras, donde aprovecho para hidratarme y probar frutas desconocidas para mí, la fruta dragón fue todo un agradable y adictivo descubrimiento.

Me dirijo al Grand Palace, un conjunto de edificios de rica arquitectura siamesa con influencias orientales e hindú, donde estuvo residiendo la familia real tailandesa hasta mediados del siglo pasado. A cada rincón encuentras detalles de gran opulencia, estatuas de más de cuatro metros que pueden pararte el corazón si te cruzas con ellas de noche. Y ahí andaba yo toda la mañana, derritiéndome entre edificios siameses con historia y tratando de evitar los grupos de turistas que seguían la bandera de su guía.

Tras dar buena cuenta de un buen plato de Pad thai me dirijo andando a Wat Pho para ver al gran Buda tumbado. Su tamaño es impresionante y está recubierto de laminas de oro que los tailandeses van donando con el tiempo. La veneración y el profundo respeto, hacia el gran Buda, que puede verse en la cara de los tailandeses contrastan con la de asombro de los turistas. Aunque para ser sincero, dudo mucho de que Sidharta hubiera estado de acuerdo en que se postraran ante una estatua inmensa suya cubierta de láminas de oro.

Salgo de Wat Pho y me dirijo al muelle para dar un paseo en barca para contrarrestar la intensa humedad que me hace sudar constantemente, me bajo en un embarcadero de madera que da la sensación de que va a ceder y voy a acabar en el agua, casi que lo prefiero pero no hubo suerte. Callejeé por un rato y, entre lo rudimentario de las casas y como me miraban los lugareños, tuve la sensación de estar en el rodaje de ‘Karate a muerte en Bangkok’, con la flojera que llevaba me habrían dado la del pulpo. Compré en un puesto al lado del rio un cuenco de sopa picante que, aunque me hizo sudar más, puso mi tensión en orden y mi tracto digestivo también.

Al día siguiente, tras un arriesgado atracón de fruta dragón, pateo unos kilómetros hasta llegar a un embarcadero desde donde salen las barcazas que te cruzan el rio Chao Phraya. Esta vez me dirijo a Wat Arun, el templo del amanecer, a pesar de ser más comedido en sus detalles, me gusta más que el Grand Palace y las nubes grises que tapan el Sol hacían juego con sus afiladas líneas.

Parejas de recién casados con vistosos trajes ceremoniales se hacen fotos de boda entre sus torres en forma de aguja que, en ciertos detalles, me recordaba a las torres de los evangelistas de la Sagrada Familia de Barcelona. Se ven preciosas de noche, cuando ya no quedan turistas entre ellas.

Me siento solo, retirado de la multitud, fuera de lugar pero también con esa sensación acogedora que a veces me invade al saber que no pertenezco a un lugar y que el tiempo no me apremia. Esas mariposas que unos sienten cuando se enamoran, yo las siento cuando me pierdo.

A pesar de las recomendaciones del recepcionista del hostal, ignoro completamente Khao San Road y sus clubes nocturnos, los cantos de sirenas que busco en este viaje son de otro tipo.

Vuelvo, como todas las noches, cansado y acalorado pero equilibrado, la felicidad me es esquiva, digamos que nos evitamos. En equilibrio siempre que el ego me lo permite. Me gusta pasear por el mercado nocturno de las flores, no hay apenas turistas y el fresco perfume mitiga la humedad en la que se sumerge la capital tailandesa.

Allá a donde voy intento quedarme con lo mejor de cada sitio. Bangkok tiene su rica herencia cultural y la amabilidad que caracteriza a su gente, aunque yo prefiero quedarme con las quietas noches en las estribaciones del rio Chao Phraya, lejos del ruido, escuchando el continuo vaivén de la marea bañando los pilotes del embarcadero, como si de un mantra se tratara.

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