Si pusiéramos todo el archivo de Ceuta en fila india, una caja de cartón tras otra, daría para ir tres veces desde la Plaza de África hasta la Plaza de los Reyes: un total de dos kilómetros de documentos (el nombre técnico es metros lineales, que suman 2.019) que se han ido generando poco a poco a lo largo de los años, desde la época de los primeros legajos que se conservan de la Casa de la Misericordia, el más antiguo de 1524.
“La causa es que antes, una multa era un papel y una licencia de obras no pasaba de unas dieciséis páginas. Ahora, esa misma multa son de cuatro hojas, y una licencia de obras puede tener, tranquilamente, cuatrocientas páginas”, explica Rocío Valriberas, directora del Archivo. Así, conforme han ido pasando los años ha sido necesario buscar acomodo para algunos de los documentos. “El del espacio es un problema general de casi todos los archivos. En Ceuta se instaló el Depósito actual en 1993. Desde entonces se ha ampliado, uniendo al mismo habitaciones que antes eran despachos instalados en el sótano del edificio. Las soluciones son, por un lado, y en tanto no se disponga de un edificio con suficiente espacio, ampliar el Depósito como hasta ahora se ha estado haciendo, o crear depósitos fuera del Palacio Autonómico”, añade Valriberas.
Entre los factores de crecimiento del archivo, su máxima responsable apunta a tres principales. Conforme el Ayuntamiento presta más servicios, se generan más documentos, “por ejemplo, Juventud”. Además, el aumento de competencias que se vio tras alcanzar el status de Ciudad Autónoma trajo consigo mayor actividad en áreas como Patrimonio, Industria o Juegos.
Por último, “el aumento de controles de la administración, lo que produce que un expediente contenga un número mayor de documentos. Por ejemplo, en una licencia de obras, el proyecto de Seguridad”. Así, las páginas para ejecutar las mismas obras se multiplican, y multiplican.
Buena parte de los documentos del archivo carecen de valor histórico, para la posteridad, de manera que antes o después quedan caducos. Esos papeles que algún día serán destruidos reposan en unas estanterías a la espera de convertirse en cenizas. “Pero, además de la historia, hay que considerar el valor jurídico de un documento. Por ejemplo, una multa puede servir para demostrar que una persona se encontraba en la calle en vez de cometiendo un delito que se le imputa”, comenta Valriberas. Por eso, se lo piensan dos veces antes de acabar con el más nimio de los papeles.
Además, los archiveros deben considerar si el documento adquirirá valor para los futuros investigadores, algo complicado, como detalla Valriberas: “En el siglo XIX no se consideraba interesante la Historia Económica, y a finales del veinte se inician corrientes de estudios históricos sociales. Los archiveros del siglo XIX pudieron considerar que no era interesante custodiar la documentación económica por ejemplo, y pasar a destruirla”.
El aspecto que sí recibe una atención prioritaria es el de la conservación de los documentos. Las cajas parecen a simple vista las de cualquier archivo casero. Acercándose un poco es posible distinguir que no tienen ese característico agujero, para evitar que el polvo entre y deteriore los papeles. Además, las estanterías disponen de todas las medidas de seguridad, y en el sótano se cuida que no haya humedades. Por supuesto, también se presta atención a las medidas contra incendios.
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