EFE
Allí olería a azufre. Y es que Feijóo ha presidido, cual demonio hambriento de almas, un aquelarre en Bilbao. Para deleite de la patronal vasca ha demonizado a los trabajadores que, por desgracia, precisan de una baja laboral y les ha señalado como vagos que lastran la economía. Es decir, por unos casos islados ha criminalizado a personas enfermas. Es como si dijéramos que el PP es una organización criminal por todos los casos de corrupción que arrastra. Que no son pocos. ¿Generalizamos?
Un "cáncer". Así ha definido lo que, para él, es absentismo laboral. Hay que ser ruín cuando muchas de las personas que se encuentran en situación de baja laboral es por este motivo. Utilizar cual recurso lingüístico lo que hace sufrir a tantas y tantas personas es deleznable. Señor Feijóo, con el respeto que en verdad no le guardo, me gustaría decirle varias cosas:
Proteger a la clase trabajadora es dotar a la Inspección de Trabajo de los medios necesarios para perseguir a los explotadores que tienen a los trabajadores con contratos de 20 horas echando jornadas interminables.
¿Hablamos de los sectores que no están cubiertos por convenios colectivos? ¿Hablamos de enfermedades mentales consecuencia de la carga de trabajo, del acoso laboral y de salarios míseros con los que no se llega ni a mitad de mes? ¿Hablamos de la presión de las mutuas ¿Hablamos de la siniestralidad laboral? ¿De quienes acuden a trabajar con fiebre, con ansiedad o con dolores porque temen perder el empleo o ser señalados por su empresa? ¿Hablamos de quienes, aun teniendo derecho a una baja médica, adelantan su incorporación por miedo a las consecuencias?
El problema nunca ha sido el trabajador que enferma. El problema es un mercado laboral que, en demasiadas ocasiones, enferma a los trabajadores. Confundir una baja médica con unas vacaciones es una caricatura injusta que solo sirve para enfrentar a la sociedad con quienes atraviesan un momento de vulnerabilidad.
Convertir la excepción en la norma es una estrategia tan vieja como eficaz: señalar al más débil para evitar hablar de los verdaderos problemas.
Resulta mucho más cómodo culpar a quien presenta un parte médico que preguntarse por qué aumentan las bajas relacionadas con la salud mental, por qué determinados sectores acumulan lesiones musculoesqueléticas o por qué hay trabajadores que llegan completamente agotados al final de la semana. Eso exigiría analizar las condiciones laborales, los ritmos de producción y la precariedad, asuntos que rara vez ocupan el centro del discurso de quienes hoy se rasgan las vestiduras por el absentismo.
Las personas no son máquinas. Enferman, se lesionan y necesitan recuperarse. Y cuando eso ocurre, la baja laboral no es un privilegio, sino un derecho conquistado para proteger la salud, la dignidad y, en última instancia, la propia productividad que tanto dicen defender.
Quizá el verdadero lastre no sea el absentismo, sino una forma de hacer política que convierte a los trabajadores en sospechosos permanentes mientras reserva la comprensión para quienes acumulan beneficios. Demonizar a quien está de baja puede generar titulares y aplausos en determinados foros empresariales, en determinados foros miserables. Lo que no genera es una sociedad más justa, ni empresas más responsables, ni trabajadores más sanos.
Porque una sociedad se mide por cómo trata a quien más lo necesita. Y señalar a quien está enfermo nunca ha sido un síntoma de fortaleza. Más bien de una preocupante falta de humanidad.
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