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Angkor Wat, la joya de Camboya

“Las casas, con clara influencia europea debido al largo asentamiento colonial francés en Indochina durante el siglo XX, daban la sensación de que no había salido de Europa”

Me encontraba en una furgoneta roja con cortinas del mismo color que cubrían las ventanas, junto a tres mochileros que, al contrario que yo, tenían claro el destino de la furgoneta. Tenía agua, esa era mi prioridad, el lugar a donde me dirigía me daba igual, no tenía prisa, a diferencia que el enjuto camboyano que conducía la furgoneta, lo hacía como si no hubiera un mañana. Aun me preguntaba qué casualidad o causalidad había logrado que me encontrara en esa sauna con ruedas, yendo a algún lugar de Camboya que desconocía. Solo esperaba que mi fortuita situación no hubiera perjudicado a otro mochilero, la frontera de Laos con Camboya no es un lugar agradable, ni siquiera para pasar unas horas.
Me sentí perdido, la sensación me reconfortó, me puse todo lo cómodo que pude e intenté dormir un poco. Mis planes era dirigirme al oeste, a la ciudad imperial de Angkor Wat pero contrario a mis deseos, poco antes del anochecer, llegamos a Kratie, una ciudad al sudeste de Camboya y más cerca de la capital que de mi destino.
El conductor nos dejó en un hostel que había a orillas del rio Mekong, por supuesto estaban a comisión con el hostel, hablé con la encargada para decirle que no tenía dinero pero me dio una habitación a compartir y me dirigí a solucionar lo del dinero. Para mi suerte los cajeros de Camboya funcionaban con mi tarjeta, no volví a tener problemas hasta más adelante.
Después de ducharme me senté al borde del rio Mekong para ver al astro rey marcharse por el oeste. Di gracias a Dios por la experiencia, por vivir como lo estaba haciendo. Sé que algún día habré de pagar por mis descuidos pero lo acepto de buen grado.
Cené con mis compañeras de habitación, dos amigas alemanas y una escocesa que resultaron ser una agradable y divertida compañía. Ellas se dirigían a Vietnam, yo al día siguiente iba a desandar el camino recorrido para dirigirme a Angkor Wat.

El recorrido fue largo y cansado, tras un día de trayecto llegué a la ciudad de Siem Riep, erigida al sur de las ruinas de Angkor Wat. Un calor bochornoso y húmedo me dio la bienvenida, dejé la mochila en el hostel y salí a conocer la ciudad, era ya de noche pero había mucha vida por las calles, como si hubiera fiesta en cada barrio. Las casas con clara influencia europea, debido al largo asentamiento colonial francés en Indochina durante el siglo XX, daban la sensación de que no había salido de Europa. Dicha influencia también estaba presente en la gastronomía, las tortillas, las baguettes, la repostería, la mayoría de sus platos tenían herencia francesa, con un toque camboyano que daba alegría a su gastronomía.
Todas las noches en Siem Riep son una fiesta, todo el mundo sale a la calle a celebrar, sea cual sea la razón. Los farolillos de colores y las guirnaldas adornan e iluminan las calles. Al contrario que por la noche, durante el día apenas hay vida por las calles, supongo que el bochornoso calor es la razón. Aun así yo salgo a ver los alrededores de Angkor Wat. El canto de las cigarras me acompaña por todo el camino, ésta vez provisto de agua, bordeo durante un par de kilómetros hacia el oeste de las ruinas para sorprenderme con las vistas de Angkor Wat al atardecer. Mi orientación estaba en modo siesta, me perdí, anduve entre los altos arboles y en un apartado del camino, entre el frondoso follaje vi una pirámide de cuatro plantas con una estructura en lo alto de color rojiza, sin duda un lugar de culto. Decidí subir hasta lo alto de la colina para ver atardecer. Silencio.
Al día siguiente madrugue para ver amanecer desde Angkor Wat. Llegué cuando clareaba a las puertas del majestuoso enclave. Algunos turistas y nativos del lugar hacían acto de presencia. Me adentré hasta el edificio más alto, casi echo los pulmones por la boca para lograr subir a lo alto. Ya amanecía, el espectáculo era inolvidable. Algunas edificaciones sobresalían a lo lejos de entre los árboles, el Sol clareando las tonalidades verdes de la vegetación que rodeaba Angkor Wat. Pasee despacio por entre todas sus edificios con tonalidades mayoritariamente grises que iban cambiando a medida que la Tierra iba moviéndose alrededor del Sol. Al salir bordee el gran estanque que da la bienvenida y encontré algo que deseaba ver desde hacía años: nenúfares, cientos de ellos adornando sus aguas. Fue un momento mágico que difícilmente podré olvidar.

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