“… a los unos les diría: cuanto más os impregnéis de la cultura del país de acogida, tanto más podréis impregnarlo de la vuestra; y después a los otros: cuanto más perciba un inmigrado que se respeta su cultura de origen, más se abrirá a la cultura del país de acogida”
Esta cita de Amin Maalouf, tomada de su ensayo Identidades asesinas (1999, p. 55), podemos decir que resume, en gran medida, ideas fundamentales del espíritu de la obra de este gran narrador, ensayista y académico franco libanés. Libanés de nacimiento, viajero prolífico, en sus años de periodista, se exilió en Francia en 1975, año en el que comenzó una guerra civil en su país, a la que le seguirían otras, hasta la dramática situación actual. Autor que combina magistralmente la narrativa y el ensayo, se dio a conocer en nuestro país, a finales de la década de los ochenta, con su novela León el africano (1988), equilibrio entre historia y narrativa, una invitación a viajar, en el contexto de los comienzos de la modernidad, partiendo de la Granada de finales del siglo XV, por buena parte del continente africano hasta regresar a la Roma de León X, pasando por la floreciente Constantinopla; a esta obra le siguen otras muchas, destacando La roca de Tanios (1993), por la que recibió el Premio Goncourt, el más prestigioso de la letras francesas, quisiera destacar, también, Los desorientados (2012), un canto a la memoria, al reencuentro y al valor la amistad y la esperanza, en el marco de su maltratado Líbano natal. Hablamos de una obra muy rica y diversa, construida a lo largo de casi cuatro décadas y que va cobrando, cada vez, más actualidad; sus libros constituyen lecciones de convivencia, encuentro, respeto y pluralismo.
Estamos, sin duda, ante una personalidad con una identidad muy diversa, rica y compleja. El propio Maalouf nos habla de ella en algunas de sus obras, fundamentalmente en dos: Orígenes (2004), en la que reconoce una gran deuda contraída con sus antepasados, con su historia familiar, que le sirve de marco para reflexionar sobre la configuración de identidades; la segunda obra a la que nos referimos es El naufragio de las civilizaciones (2020), ensayo en el que recorre el pasado, vinculándolo, también, a su historia familiar, profundizando en reflexiones que ya había manifestado en ensayos anteriores como el citado Identidades asesinas y El desajuste del mundo (2011), en ella nos alertaba del agotamiento de nuestras civilizaciones y de los riesgos que ello conlleva y que, años después de escribir esta obra vemos, desgraciadamente, más presentes en nuestras sociedades: el recelo hacia “el otro”, hacia el diferente, la polarización e intolerancia ideológica, el auge de populismos, de actitudes filo racistas y xenófobas, en definitiva, de un repliegue identitario excluyente cada vez más acusado.
La obra de Maalouf cobra un gran valor en los tiempos que atravesamos, ahora que nos encontramos inmersos en un debate en torno a la prioridad nacional, que, en nuestra opinión, esconde una apuesta por la exclusión, la discriminación, marginación y criminalización de determinados migrantes, su obra, defiende la necesidad de una responsabilidad compartida, de una, podríamos decir, prioridad colectiva, internacional, de trabajar por tender puentes entre distintas culturas, por favorecer el encuentro con el diferente, por luchar contra desigualdades de distinto tipo, por denunciar discriminaciones y exclusiones, por el respeto y valoración de la diversidad, una auténtica apuesta por la convivencia. En este sentido, todo un acierto haber elegido, en esta XX edición, a esta personalidad, desde la Fundación Premio Convivencia, ligándolo, así, a nuestra ciudad, espacio-frontera muy singular entre mares, continentes, culturas, o modelos económicos y políticos distintos. Utilicemos su obra y trabajemos para que la prioridad nacional del debate actual no anide en nuestra tierra, que nuestra prioridad sea compartir un progreso basado en la inclusión, el respeto a la diversidad y la lucha contra todo tipo de desigualdades.
Profundicemos en la lectura de la obra de un escritor de fronteras, constructor de puentes narrativos y académicos entre oriente y occidente, de encuentros entre diferentes formas de mirar al pasado y afrontar el presente, sobre el futuro, como el mismo autor nos dice “Mi convicción profunda es que el futuro no está escrito en ningún sitio; será lo que nosotros hagamos de él” (Identidades asesinas, 1999, p. 119).
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