“El Espíritu me ha movido con sus soplos”, afirma Rober Mauricio Ávila Ávila, de 38 años, que ya lleva un tiempo en la Iglesia de África apoyando la labor pastoral y evangelizadora.
“A través de un proceso de discernimiento, me doy cuenta de mi vocación”, explica Jesús Heredia Reyes, de 32 años.
Sin lugar a dudas, seguir la lógica que lleva a una persona a optar por la vida del sacerdocio no es precisamente lo más sencillo del mundo para la mayor parte de personas. En el caso de los dos, aunque su vocación nació cuando eran niños y vivían un ambiente familiar fuertemente religioso, estaban a más de diez mil kilómetros de distancia. Heredia es ceutí, y creció en la propia Iglesia de África. Ávila es colombiano, de Bogotá. El décimo de once hermanos, les dijo a sus padres que quería ser sacerdote, y más tarde les dijo que se iba a España.
En esto, las vidas de los dos también se entrelazan. Porque ambos salieron a la aventura, a un lugar desconocido, para no volver. El primero de ellos fue el ceutí Jesús Heredia, que con sólo 14 años fue a un seminario menor, una experiencia que le llevaría a ingresar en los Legionarios de Cristo. “A medio camino me salí, porque descubrí que tenía que ser sacerdote diocesano”.Y volvió a la diócesis, aunque lo hizo en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva, en Cantamarras. El viaje de Rober Mauricio Ávila fue más largo. Un 19 de febrero se plantó en Toledo. De la frondosa y templada Colombia a los áridos y fríos campos de Castilla.
Los dos, en esa primera noche fuera de casa, tuvieron muchas dudas, hasta el punto de que apenas pudieron pegar ojo. Pero el tiempo, explican, les demostró que habían hecho lo correcto. “Jesús te seduce, pero es una opción tuya seguirla o no. Eres libre”, comenta Ávila. Su compañero explica que nunca se había visto haciendo otra cosa. “Nunca me he planteado en serio otra cosa, claro que a veces te lo preguntas”, explica.
Pero ahora mismo no piensa en ello, sino en el día de hoy, en la Catedral de Ceuta, cuando el obispo Antonio Ceballos ordene a uno sacerdote y al otro diácono. Heredia ya tiene la mirada fija en la primera misa que va a oficiar, este mismo domingo a las ocho de la tarde en la Iglesia de África, un evento en el que seguro congrega a muchos familiares y amigos, “aunque algunos no son católicos”. Un hecho que no importa, “porque un amigo siempre quiere lo mejor para ti y que triunfes en la vida estés donde estés”. “Claro que ninguno se sorprendió, porque siempre iba a misa y estaba claro que tenía que terminar siendo cura”, añade recordando el momento en el que Será una eucaristía en la que justo tras él se situará la Virgen de África, por la que siente tanta devoción. Admite que le fue fácil seguir su camino, y que el único a quien no le pareció buena idea del todo fue a su padre. “Pero al final vio que no era una locura de un día, que iba en serio”, comenta.
Quien posiblemente no tenga la visita de ningún familiar, están al otro lado del charco, es Rober Mauricio Ávila. Una ausencia que consiguió aceptar, aunque le costó. “Era casi el pequeño de la familia, sólo una hermana menor que yo. Tenía unos lazos muy fuertes con mi madre, y cuando me fui de casa, me fui”, explica. Quien sabe, quizá cuando le toque ordenarse sacerdote, que es ya el máximo, sí que pueda acudir alguien.
Un viaje que es casi el inverso que hace quinientos años hicieron los misioneros europeos. “Europa evangelizó América, pero Europa ha olvidado sus raíces cristianas, y América tiene que recordárselas. Europa es como un Ave Fénix que puede resurgir de sus cenizas”, asegura Ávila. “Soy consciente de que mi labor aquí es de misión”, añade. Y se siente a gusto. Cádiz y Ceuta no son tan señoriales como Toledo con su Catedral Primada, “pero es un ambiente mucho más cercano, de mucho diálogo con la comunidad”. Se siente bien acogido, como en familia. Y de la misma manera se siente Heredia, que no duda en decir que la Iglesia de África es su “segunda casa”.
Su labor, la que han escogido, es una que va a contracorriente, que ha nacido en unos ambientes favorables a ello pero que les va a obligar a enfrentarse a la realidad, incluso la suya (“siempre hay tentaciones”, admite Rober Ávila). Pero la aceptan como “una llamada”, como si fuera lo que tienen que hacer, su deber. “En Europa, hemos expulsado a Dios”, explica Ávila. “Se han aceptado muchas libertades, entre comillas, porque son libertinaje”, añade.
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