Ceuta es nuestra casa, una ciudad española construida sobre la convivencia, el respeto y el encuentro entre personas de distintas culturas y confesiones. Amar a Ceuta significa quererla con toda su diversidad, defender su españolidad y, al mismo tiempo, cuidar los lazos de afecto que nos unen como ciudadanos. Nuestra mayor fortaleza no está en enfrentarnos unos a otros, sino en demostrar que podemos convivir desde la dignidad, la libertad y el respeto.
Por eso, debemos reivindicar siempre los valores que hacen grande a nuestra ciudad: la solidaridad, la ayuda al que lo necesita y la mano tendida a quien atraviesa un momento difícil. En ese sentido, resulta especialmente injusto boicotear a la Cruz Roja por su labor social. Podemos discrepar de decisiones concretas o expresar nuestras críticas, pero nunca debemos olvidar que detrás de una organización social hay personas que trabajan y voluntarios que ayudan cada día a quienes más lo necesitan.
Del mismo modo, debemos condenar con absoluta claridad cualquier agresión o insulto dirigido contra una persona por ser musulmana, cristiana, judía o por pertenecer a cualquier otra comunidad o colectivo. Nadie debe ser señalado por su fe o por su origen.
La dignidad que reclamamos para nosotros mismos solo tiene verdadero valor cuando somos capaces de defender también la dignidad de los demás. En este contexto recuerdo las palabras de Gandhi: "Me opongo a la violencia porque cuando parece causar el bien éste sólo es temporal; el mal que causa es permanente".
Porque cualquier lucha justa pierde legitimidad cuando se convierte en odio, exclusión o violencia. Si queremos una Ceuta española, orgullosa, solidaria y unida, debemos demostrarlo con nuestros actos: defendiendo la convivencia, rechazando los boicots injustos y condenando toda agresión. La dignidad no se construye contra el otro, sino junto al otro; y el amor a Ceuta debe ser siempre un amor que una, nunca que divida.






