Decía hace unos días Rajoy que los partidos tradicionales habían sido los responsables de haber construido una gran Europa y que su funcionamiento era óptimo, como argumentos en defensa del bipartidismo español, el cual comparó con el alemán, el británico y el francés. Desde luego, las palabras del presidente no podían ser más absurdas y vergonzosas procediendo del estadista de una de las potencias más
importantes del continente. En primer lugar, porque la delicadeza de la situación actual no se resuelve con un conciso y superficial análisis histórico-político sobre los logros de los partidos tradicionales en Europa, pues son dos cuestiones radicalmente distintas. En estos momentos el debate no está en esta última cuestión sino en resolver la primera. En segundo lugar, porque los partidos tradicionales que llevaron a cabo dicha labor no funcionan de la misma forma ahora, ni están integrados por los mismos equipos, ni siquiera los retos del nuevo mundo son similares a los que enfrentaron en el pasado. En tercer lugar, porque, aunque olvidáramos todo lo anterior, el hecho de que los partidos tradicionales hayan construido una gran Europa no conlleva directamente que vayan a seguir siendo provechosos para ella.
Cada vez que el presidente y/o alguna pieza de su gobierno aparecen en escena, sus planteamientos se encaminan hacia unas altas exigencias de fe que parecen incompatibles con el Siglo XXI. Creo que a estas alturas la ciudadanía ha asimilado que la política ha de ser juzgada por su trabajo reciente y actual, en tanto que estas originan las consecuencias que sufren los ciudadanos coetáneos. En cualquier régimen democrático resulta francamente estúpido que un habitante decida soportar las malas decisiones de unos pocos en base a éxitos anteriores o promesas antes de buscar alternativas en otros movimientos políticos. Recordemos que este cambio de viraje se ha llevado a cabo en las últimas elecciones europeas de Francia, en las elecciones parlamentarias griegas y lo estamos experimentando en nuestro propio país, entre otros buenos ejemplos.
Las fuerzas tradicionales son conscientes de esta mayor reacción por parte de la gente de a pie, por lo que la estrategia más efectiva para evitar su desplazamiento del poder es poner en marcha la también clásica campaña para aterrorizarla, reiterando una y otra vez el fatal desenlace que supondría la asunción del poder por parte de cualquier partido emergente con posibilidades de arrebatarles el cetro. La intensidad con la que se transmite este mensaje poco tiene que ver con el juego dialéctico cuando se trata de rivales habituales. Observado desde esta perspectiva, el ahora frecuente desprecio hacia la búsqueda de otras opciones nuevas ante el descalabro de la gestión de las fuerzas vetustas parece una manera sutil y ciertamente oscura de ejecutar un ataque velado contra la propia esencia democrática. Si los seres humanos no hubieran procedido de esta forma a lo largo de la historia aún estaríamos anclados en épocas remotas por el supuesto buen hacer pasado de estos o de aquellos, como quizá anhelarían algunos con tal de detentar el poder para siempre.
Esta presión o incluso opresión de tintes antidemocráticos no solo se ejerce en España sino que se extiende a Europa, donde asimismo encontramos la puesta en práctica de una estrategia atemorizadora, la cual pretende obstaculizar lo máximo posible cualquier camino que discrepe del principal. No lo olvidemos: cuando hace unos días venció Syriza en las elecciones parlamentarias griegas inmediatamente aparecieron algunos de los líderes europeos para echarse las manos a la cabeza, aun sin comprobar ni un solo paso del nuevo gobierno heleno. Tal vez para estos cabecillas resultaría más atractivo seguir teniendo a Nueva Democracia o incluso al Pasok en el trono griego para manejarlos a placer como han hecho hasta ahora, con el objetivo de cumplir la máxima prioridad del conjunto europeo en lo que a Grecia se refiere: el pago de su deuda externa. Esta es la gran Europa de los partidos tradicionales actuales.





