En España han florecido los negocios de cigarrillos electrónicos por todas partes. Marcas como Stigx nos tientan desde sus escaparates…
¿a fumadores y no fumadores? En este tema, como en casi todos, hay opiniones encontradas. Hay quien piensa que los e-cigarrillos son cosa de fumadores que se pasan a una opción aparentemente más sana e indudablemente más barata. Otros, en cambio, piden una legislación más dura para poder luchar contra un vicio que consideran igual de pernicioso, sin diferenciar entre fumar o vapear. Lo cierto es que según las últimas estadísticas, más de treinta millones de europeos han probado ya estos dispositivos, y al parecer la mayoría son jóvenes o personas que han intentado dejar de fumar. La cifra de treinta millones es baja comparada con los 125 millones de fumadores de la UE, pero no es nada despreciable. De los usuarios de cigarrillos electrónicos, solo un 1,1% son personas que no fumaban anteriormente. Así que aunque parece claro que no atrae a los jóvenes hacia un nuevo vicio, vapeadores y no vapeadores demandan estudios que zanjen la polémica sobre sus efectos nocivos. ¿Será una alternativa menos dañina, o un vicio más: el mismo perro con distinto collar? La respuesta a estas preguntas puede estar en los estudios que poco a poco van publicándose sobre el tema, y que ayudarán a legislar sobre el mismo, garantizando los derechos de unos y otros. Lo que parece una opinión generalizada es la conveniencia de prohibir el uso de estos dispositivos en espacios públicos cerrados como bares y restaurantes, y también la necesidad de limitar su publicidad. Hoy nos cuesta trabajo recordar la omnipresencia de las marcas de tabaco en revistas, carreteras, televisión, en películas y por supuesto en cualquier rincón de cualquier calle. Ahora hemos visto a la gente vapear pero nunca con la intensidad con que fuimos invadidos por el tabaco tradicional. Veremos si esta moda ha llegado para quedarse…






