A escasos días de su visita a España, el papa León XIV advierte en su primera encíclica, Magnifica Humanitas, de que ante el avance de la inteligencia artificial la respuesta no puede ser la uniformidad tecnológica, sino defender la riqueza de vivir juntos.
El Pontífice nos invita a ser “arquitectos de la paz” en un mundo donde la máquina no debe sustituir nunca al abrazo entre vecinos de distintos orígenes.
Para el Papa, nos encontramos ante una elección decisiva: levantar una nueva Torre de Babel, basada en el orgullo técnico y en una uniformidad que aplana las diferencias, o reconstruir la “ciudad de la convivencia”, donde cada cultura aporte su propio ladrillo para proteger la dignidad humana.
En una comunidad diversa como la nuestra, el primer mensaje de la encíclica resulta fundamental: la dignidad de cada hombre y de cada mujer no depende de su origen, de su éxito económico ni de lo bien que se maneje con la tecnología.
León XIV denuncia una ideología “insidiosa” que sugiere que las personas deben “ganarse” su valor siendo productivas o eficientes. La encíclica recuerda que la dignidad humana no depende de las capacidades, la riqueza o el papel social de cada persona, sino que es un don anterior a todo eso.
Frente a esa lógica, el Papa recuerda que cada vecino es imagen de Dios simplemente por existir. En nuestros barrios, esto significa que el anciano que no sabe usar una aplicación, el trabajador migrante o el joven que busca su camino tienen el mismo valor absoluto.
La tecnología, sostiene el texto, debe estar al servicio de las personas y del bien común, y no convertirse en una herramienta que clasifique a los ciudadanos según su utilidad.
León XIV recurre a la imagen de Babel para ilustrar el peligro de una tecnología que pretenda traducir el misterio de cada persona a simples datos, perfiles o rendimientos.
En una sociedad multicultural, este riesgo es real: que la tecnología nos empuje hacia una homogeneización que borre nuestras raíces culturales o que, peor aún, utilice los datos para vigilarnos, excluirnos o discriminarnos.
La encíclica es clara: no podemos permitir que la inteligencia artificial decida quién es “digno” y quién no, ni que sustituya la compasión, el perdón y el encuentro en nuestras relaciones sociales. La máquina puede procesar información, pero no puede reemplazar la mirada humana.
En Magnifica Humanitas también se habla de las redes sociales. El Papa advierte del peligro de que los algoritmos premien el enfrentamiento y la polarización, alimentando narrativas de “amigo-enemigo” que dificultan el diálogo. En una ciudad donde conviven distintas sensibilidades, culturas y creencias, esa lógica puede ser veneno para la concordia.
Por ello, León XIV hace un llamamiento a “desarmar las palabras”. La paz comienza, dice, por el modo en que nos hablamos: rechazando la agresividad, evitando el insulto y apostando por una comunicación que consuele, escuche y construya puentes. Para los creyentes de distintas religiones, el mensaje es igualmente rotundo: nadie puede usar el nombre de Dios para justificar el odio o la violencia. El diálogo interreligioso aparece así como un instrumento esencial para demostrar que la paz es una tarea posible y necesaria.
La encíclica tampoco olvida el impacto de las máquinas en el empleo. León XIV defiende que el trabajo no es solo un coste de producción, sino una vía de realización personal, de dignidad y de participación en la vida social. En la cuarta revolución industrial, existe el temor de que la automatización sacrifique puestos de trabajo en nombre del beneficio.
El Papa reclama para los jóvenes y las familias políticas que garanticen un trabajo digno. En este sentido, la justicia social exige que la innovación no cree una “multitud de excluidos” y que el acceso a la tecnología sea universal, evitando un nuevo “colonialismo digital” que se apropie de los datos de los más vulnerables.
Frente a la Torre de Babel, el Papa propone el “Camino de Nehemías” como modelo para nuestras ciudades. Nehemías reconstruyó Jerusalén convocando a todas las familias para que cada una cuidara un tramo de la muralla. En su encíclica, León XIV aboga por una solidaridad real: reconocer que nuestro destino está ligado al del vecino, venga de donde venga.
El Pontífice pide también educar a los hijos en la sobriedad digital, mediante un uso responsable de las pantallas y sabiendo cuándo dejarlas de lado para volver a mirarnos a la cara. No se trata de rechazar el progreso, sino de impedir que la técnica nos quite el corazón.
Magnifica Humanitas termina con un canto a la esperanza. En nuestra comunidad tenemos la oportunidad de demostrar que la verdadera “magnífica humanidad” se vive cuando la diversidad de culturas no se entiende como un problema, sino como un recurso para la justicia, la fraternidad y la paz. Para León XIV, el futuro no está escrito por las máquinas.
Descansa sobre nuestra libertad, sobre nuestra capacidad de amar y sobre la decisión de que nadie sea tratado como una “piedra desechada”. La paz, viene a decirnos el Papa, no será fruto de un algoritmo, sino de un esfuerzo compartido.
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