Opinión

Alerta en el puerto

El de ayer es el tercer accidente con cierta gravedad sufrido por un inmigrante en la zona del puerto. Tres casos en lo que llevamos de mes. Tres casos en los que los inmigrantes han tenido que ser evacuados al Hospital tras caer de cierta altura, bien desde los techos de la estación o bien desde zonas del muelle cuando intentaban colarse en algún camión o en el barco. Son situaciones que se enmarcan en una problemática a la que no se le pone solución. Tras la muerte del marroquí Omar ‘Susi’, las autoridades escenificaron una preocupación por lo que estaba pasando, algo que se ciñó a hacer alguna patrulla policial extra por la zona para, sobre todo, calmar la crispación social que había. Porque desgraciadamente nuestras autoridades solo actúan a golpe de impacto: respondiendo por impulsos, sin más.

A los controles se sumaron el anuncio de colocación de las famosas medidas disuasorias. Y así a las planchas colocadas en distintos puntos del muelle y al cerramiento de varios huecos, se añadió las concertinas que a Marlaska poco preocupan. Estas no son tan famosas como las de la valla, pero hacen el mismo daño. Por ellas no se movilizan las oenegés, pero ya han dejado heridos.

En el día a día nada cambia. La presión en el puerto es brutal y las consecuencias son sucesos como los que hemos contado o como los que suceden y no nos enteramos. Hay caídas, hay personas desesperadas que terminan quemándose a lo bonzo, hay abusos, hay también desaparecidos de los que nunca nada se sabe después de haber buscado la forma de llegar a nado hasta un ferry... Eso es el día a día en este lugar en donde la tragedia se roza de manera permanente.

En un lado están ellos y en el otro los trabajadores del puerto que están siempre pendientes de un hilo. Transportistas, responsables de empresas, camioneros, cargadores... ven a diario situaciones de tensión que tendrían que ser controladas por las autoridades pero que terminan provocando una presión a la que solo ellos se enfrentan. Esos extremos llevan a consecuencias y desembocan en un cúmulo de situaciones por las que los de siempre tienden a llevarse las manos a la cabeza como si, sorprendidos, no supieran lo que estaba pasando en los terrenos bajo su competencia.

No es normal la de historias que se producen, que se repiten y permiten. Los extremos llevan a crónicas negras como las que ya se escriben.

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