Sería bueno que los responsables políticos de los asuntos medioambientales tuvieran en cuenta la opinión de asociaciones como Daubma, Septen Nostra y otras defensoras de la naturaleza, así como la de los observadores urbanos -sin afiliación como es mi caso- a los que sólo nos anima el noble afán de poder colaborar con la Ciudad para superar esta deficiente interacción actual que vivimos entre todos los elementos, objetos y seres vivos presentes en nuestro entorno (eso es el medio ambiente, ¿no?). Animados de esta parte, eso sí, por nuestra particular sensibilidad en estos asuntos -con el compromiso que cada uno ha elegido-, y ninguneados por la otra parte a pesar de ser los responsables políticos y técnicos que tienen el deber de atendernos y cuidar nuestros espacios naturales.
Y esto vale, como no, para esas pequeñas cosas (pequeñas según se mire, claro) de los entornos urbano y que a todos afecta por ser parte de nuestra vida cotidiana y que, casi sin advertirlo, algunos, de escaso conocimiento y sobrada valentía y según su leal saber y entender, van configurando en la ciudad con resultados de “suerte mulana”, a saber: poco o nada eficientes, agradables o desagradables, bellos o feos, elegantes o vulgares... bueno, según el caso y lo que “el Dios quiera” ... En vez de ser el resultado del buen y sensato hacer de la actividad que corresponda. Lo digo por la tala y poda indiscriminada de arboles, el mantenimiento suigéneris de las zonas ajardinadas, la replantación de flores meramente ornamentales, los arboles urbanos de los viales, y tantas otras acciones de la Consejería de Medio Ambiente.
Es como si en este ámbito se le hubiera dado poderes al personal con nivel de operario para hacer y deshacer a su antojo, cuando la toma de decisiones corresponde a quien tiene encomendada la misión de hacer ciudad.
El gremio de políticos&asesores&técnicos está propiciando, con cierta frecuencia por falta de vigilancia en lo cotidiano, los arboricidios ya conocidos por todos; las plantaciones de especies arbóreas sin sentido por su inutilidad, bien por estar fuera de contexto, de necesidad o manifiesta imposibilidad de crecimiento (como los sesenta y dos plantados en los cien metros de la calle García y que alguien decidió que como bolardos arbóreos irían bien); o la indiscriminada reposición de plantones (al menos tres veces al año), allí donde el seto o el arbusto harían igual función pero su durabilidad es mucho mayor y su coste menor; y así algunas cuestiones más.
Con frecuencia me fijo en los diversos alcorques de nuestras calles, por aquello de que me llama la atención la variedad de formas constructivas que tenemos. Así, podemos ver cierta carencia de uniformidad, pudiendo clasificarlos a vuela pluma según su tamaño y disposición. En cuanto al tamaño, están los que abrazan el tronco del árbol más que pulsera a pierna de delincuente, los que no tienen contorno definido y, por último, los que se adecuan correctamente a la especie arbórea plantada (ya se va tomando conciencia de que el tamaño aquí sí importa). En cuanto a su disposición, los vemos del tipo hoyo para caerse, sobreelevados para tropezarse, y los enrasados con el pavimento que cada vez son más, afortunadamente.
Quiero detenerme en los alcorques para recordar su función, pues son esenciales para propiciar un buen crecimiento del árbol, siendo su zona natural de riego (y no de aguas de limpieza de locales próximos o de baldeo público); es zona de intercambio de gases y por lo tanto fundamentales para la aireación de sus raíces; y sirve además como zona de aportación de nutrientes y abonos (no colillero y otras basuras callejeras).
Por todo ello, su diseño debe permitir el desarrollo del sistema radicular del árbol, sistema encargado de darle vida y hacer que cumpla adecuadamente con la función que de él se espera.
Esto, que parece de sentido común, tristemente para nuestros árboles no es siempre así. Las diferentes especies requieren cada una un volumen de enraizamiento propio, que lo podemos encontrar en cualquier manual de plantación. Son por lo tanto estos elementos piezas clave en la salud de los arboles urbanos y van más allá de meros huecos en el suelo, por lo que se está obligado a mantenerlos en buen estado y funcionalidad ¿Ha visto Vd. alguna vez enrasar el alcorque con turba, compost o cualquier otro fertilizante? Yo no y a saber lo que habrá debajo: cascotes, red de cables, de saneamiento...
Los alcorques urbanos están estudiados con todo detalle, sus medidas, formas, cubrición, composición de materiales, etc.; así como otros elementos necesarios para el desarrollo del árbol, como los apoyos, tirantas, tutores, anillos de soporte, etcétera. Unos y otros son los elementos externos que estamos obligados a cuidar y mantener para que su salud se mantenga, cumpliendo así su función de ser motor de renovación del aire, dar sombra, absorber ruidos y servir al disfrute de la contemplación de la belleza que este tipo de naturaleza evoca.
Últimamente se han replantado seis palmeras en la zona de Juan XXIII y podemos observar como sus anclajes y alcorques son bastante deficientes. Lo serían en cualquier lugar de Ceuta, pero tal y como se han dispuesto, y precisamente en ese lugar, uno de los sitios donde mas combate el levante, el peligro de caída o perdida de verticalidad es mucho mayor. Así que, si llegan las levanteras de marzo, dudo que puedan permanecer tan verticales como de una palmera se espera, si es que no las tumba aquel en su caso. Desde luego, los tutores o pie de amigo no valen para nada si lo pueden desplazar el viento o los viandantes, o si se colocan en palmeras ya desarrolladas (como es el caso) a la altura de palmera joven; y además, no hubiera sido mala cosa desojarla en parte de las ya caducas, lo que habrá de minorar el efecto vela cuando lleguen los vientos.
Lo dicho, suerte mulana.







Esto que lo ha escrito Shakespeare?