Mientras el único "Hospital Universitario" de Ceuta afrontaba una presión asistencial extraordinaria, “Napoleuncho" --el servil y aborregado ministro de Exteriores-- encontraba 402.978 euros, del ala, para mejorar la sanidad pública del norte de Marruecos. ¡Sí, han leído Uds. bien! ¡No es una metáfora, sino una inmoral e injustificada prioridad!
El proyecto, canalizado a través de la "AECID", contempla instalar sistemas solares fotovoltaicos para garantizar electricidad las 24 horas en varios centros sanitarios, facilitar la producción local de oxígeno médico y mejorar las instalaciones de una casa de maternidad en Zoumi.
Una actuación que puede resultar perfectamente defendible desde la política de cooperación internacional. Lo difícil de entender y aceptar es el momento elegido y si lo comparamos con la actual situación del Hospital de Ceuta.
Porque mientras Marruecos recibe esa ayuda, en Ceuta las Urgencias del hospital están soportando una presión que difícilmente puede calificarse de ordinaria. Entre el 30 de julio y el 30 de agosto se atendieron 5.423 personas que no figuraban en la Seguridad Social española, frente a las 315 del mismo periodo de 2025: un incremento del 1.621%. El conjunto de las urgencias aumentó desde la invasión en un 62%.
Y detrás de esas cifras hay muchas personas: médicos, enfermeros, celadores y demás profesionales sanitarios obligados a multiplicarse para atender una situación anormal y excepcional, con una plantilla y unos recursos que ya eran insuficientes antes de que Ceuta tuviera que afrontar semejante invasión geográfica y asistencial.
Aquí aparece la contradicción que el ministro Albares debería explicar claro y alto.
¿Cómo se puede encontrar con tanta diligencia dinero para garantizar electricidad, oxígeno e instalaciones sanitarias en Marruecos y no mostrar la misma urgencia cuando se trata de reforzar el hospital de una ciudad española que está soportando--desde hace ya casi dos meses y medio-- una inusual y extraordinaria presión asistencial?
No se trata de negar las bondades de la cooperación internacional. Ni de cuestionar que la población marroquí tenga derecho a recibir una asistencia sanitaria digna. Se trata de algo mucho más elemental y justo: de las obligadas prioridades de un Gobierno para con sus ciudadanos.
La solidaridad internacional no puede convertirse en una excusa para olvidar – a veces cicatera e intencionadamente-- la responsabilidad nacional.
Un Gobierno puede cooperar con otros países, pero su primera obligación moral, legal y política es garantizar que los ciudadanos españoles dispongan de unos mínimos servicios públicos dignos y suficientes, sobretodo, cuando una situación gravísima y excepcional los pone al límite.
Y Ceuta no está al otro extremo del mundo. Está en España. A escasos kilómetros de Marruecos.
Precisamente por eso resulta todavía más difícil asumir este injusto y desigual contraste.
Mientras unos reciben recursos españoles para que sus centros sanitarios tengan luz y oxígeno, los profesionales del hospital ceutí reclaman más medios para poder atender a quienes llegan a las puertas de urgencias.
La paradoja, no solo resulta grotesca, sino que es inmoral y sanitariamente injusta: ¡oxígeno para Marruecos y asfixia para Ceuta y su hospital!
Y además, cuando no es precisamente Ceuta quien ha provocado las circunstancias que han llevado a multiplicar, de esa manera, la presión sobre sus servicios sanitarios.
Quizá el ministro Albares debería explicar ¿por qué la cooperación con Marruecos parece tener una vía presupuestaria tan rápida, mientras las necesidades de los sanitarios ceutíes tienen que esperar, reclamar y denunciar?
La política exterior puede exigir gestos de generosidad, pero gobernar exige también sentido de la justicia y prioridad.
Y cuando un hospital español está desbordado, todos sus profesionales exhaustos y una ciudad entera soporta una situación extraordinaria y anormal, la pregunta no es ¿si España debe ayudar a Marruecos...?
La pregunta es mucho más sencilla: ¿quién ayuda a Ceuta...?
Porque, "la caridad y la justicia bien entendida, empieza por los propios". Y antes de financiar el oxígeno del vecino convendría asegurarse de que a los españoles de Ceuta no les falta el aire.
Pero ya lo saben: "...esos son sus principios, y si no nos gustan, tienen otros". En caso de duda, pregúntenle a Groucho Marx, cuando la próxima semana escriba sobre el Gobierno.






