Asisto con tristeza a la, para mí, inesperada muerte del gran Manu Leguineche. El maestro del periodismo español había decidido, o mejor, se vio obligado a afrontar una traumática, por prematura, retirada con algunos años más por encima de los 60. Se ha ido a los 72. Una edad extraordinariamente competente y lúcida para no sólo un periodista si no un escritor e intelectual de envidiable talla. Manu respondía al reportero de guerra en quienes se fijaron muchos comunicadores para cubrir las miserias, tragedias y zozobra que provoca un conflicto bélico fundamentalmente donde se libra la batalla. En el epicentro del peligro. Ayer escuché unas declaraciones del maestro en la SER (fonoteca) que me han causado un enorme impacto: “Siempre he tenido la sensación de que en una guerra el lugar menos peligroso es, precisamente, el foco mismo donde se libra la batalla”. Allí siempre estaba él, nada más conocer un breve teletipo o una última hora en la radio o la tele sobre una guerra civil en África o un golpe de estado en el más lejano Oriente. Inmediatamente hacía acopio de cuatro trapos y sus sencillos utensilios de trabajo para poner rumbo a su descarnado destino. Un viaje hacia un infierno del que, por fortuna, siempre volvió. De donde no ha podido regresar es de su última guerra. La que libró en una durísima lucha contra el cáncer.
Ahí se dejó todas sus fuerzas hasta el miércoles, cuando ya no pudo más. He de confesar que mi descubrimiento de Manu Leguineche lo hice de la mano de otro grande. El maestro de la radio, Luis del Olmo, al que el género de la tertulia le debe tanto. Tertulias maravillosas en las que Manu contaba sus experiencias, a veces incluso desde el mismo lugar dónde cubría una guerra. Con su verbo precipitado cuando el sonido de la metralla y las balas sonaban como telón de fondo a sus incomparables crónicas. Y yo, entusiasmado, junto a mi padre, al otro lado de la radio disfrutaba hasta el paroxismo. Me gustaría saber lo que ha dicho Luis del Olmo del reportero muerto. Lo voy a buscar mientras recuerdo las narraciones de Leguineche sorprendentemente alojadas en un privilegiado lugar de mi memoria; y me muero por releerle o leer todo el material bibliográfico que nos ha dejado, amén de sus crónicas que ya rememoran muchos periódicos. Desde aquí mi admiración y sentido homenaje al “reportero de reporteros” (Rosa María Calaf)... ‘El hombre que siempre estuvo allí’.





