Lo estamos viendo como algo normal y no lo es. Comienza 2019 y se repiten los mismos sucesos que han marcado el viejo año: los apedreamientos a los Bomberos tendiéndoles emboscadas mediante la provocación de incendios.
Volvió a suceder la pasada madrugada y ya se ha perdido la cuenta de la de veces en las que esto ha ocurrido. Funcionarios cuya misión es apagar incendios no tienen por qué arriesgar su integridad física sometiéndose al arrojo de piedras contra ellos mismos y sus vehículos.
Lo peor de todo es que las víctimas colaterales de este tipo de situaciones son los propios vecinos de las barriadas más afectadas porque además de arrastrar una mala imagen de la que no tienen culpa, se arriesgan a perder la prestación inmediata de esos servicios.
No puede permitirse lo que sucede ni puede quedar impune, sin el castigo oportuno. Acostumbrarse a que esto sea lo normal es tremendo y además no debe entrar en nuestra agenda de prioridades porque sería darnos por vencidos en una batalla en la que algunos han optado por extender el miedo y atentar contra quienes representan la autoridad. Ese camino debe obtener una respuesta debida que, hoy por hoy, no está siendo adoptada con el énfasis debido.
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