Y hágalo pronto que vienen curvas muy peligrosas. El auge experimentado por los radicales en toda la UE, los fascistas en Francia y Podemos en España fundamentalmente, y la caída en picado de los partidos con sentido de estado, vaticinan unos parlamentos cargados de demagogia, populismo y actitudes beligerantes e intranquilizantes para lo que se antoja un futuro muy inestable.
El descreimiento que la sociedad sostiene sobre las instituciones públicas, provocado por sus gestores, la incapacidad de depurar responsabilidades y, por tanto, la insolvencia para afrontar con garantías la resolución de conflictos, ha facilitado una ruptura social, una falta de identificación de la nación con su gobierno, que han aprovechado los falsos mesías de la mediocridad política.
Los dos grandes partidos políticos andan a marchas forzadas intentando alejar toda sombra de mala gestión de sus siglas.
Creen que expulsando a los pillados in fraganti les dará un aurea de prestigio en la lucha contra la corrupción, como si ese cáncer no tuviese nada que ver con las maneras de haber gestionado sus listas y los cargos de elección.
Demostrando con ello que son lelos y fácilmente engañables, o unos listillos que nos toman por tontos.
El Partido Popular tendrá que acostumbrarse a pactar o pasar a la oposición, y en algunos casos pasará a ser la tercera, cuarta o incluso sexta fuerza política como es en el caso de Cataluña.
Ni siquiera pactos de estado Partido Popular-Partido Socialista Obrero Español podrán alejar de los diferentes gobiernos a partidos de corte radical o secesionistas.
Unas elecciones con una escasísima participación serán terreno propicio para la aparición de partidos minoritarios que imposibilitarán gobiernos con sentido de estado.
La atomización de los diferentes parlamentos fructificará en gobiernos inestables y títeres de cualquier fuerza minoritaria y lo que es peor, dará lugar a una enorme cantidad de cohechos, prevaricaciones y otros delitos como ya lo ha demostrado la historia de la democracia.
Difícil lo van a tener los partidos con sentido de estado para contrarrestar la multitud de mesías políticos que les están saliendo de sus propias filas y que, cuando menos, les arrancarán un buen puñado de votos y con ello la ajustada mayoría tan necesaria para gobernar.
No va a existir regeneración política con las mismas caras de siempre. No se trata de desperdiciar la experiencia política. Esto sería una necedad.
Se trata de que la sociedad perciba que existe un verdadero cambio en las formas de gobernar y eso pasa por renovar a gran parte de las cabezas de lista y sus acompañantes.
Nadie va a creer en un cambio de las formas con las mismas personas.
La única forma de contrarrestar este panorama de inestabilidad política que se avecina es con una profunda reforma en los partidos políticos en la que no bastará la lucha contra la corrupción, sino también en la evitación de la endogamia ideológica y el cese de la perpetuidad política desde las juventudes hasta la jubilación.





