Atentar contra un profesional por su trabajo es lo más bajuno y cobarde que hay. Si esos atentados se extienden contra sus familiares, el daño es muchísimo mayor. Estos días se han producido quemas de coches propiedad de seres queridos de policías. A eso se suman las pintadas con nombres que señalan a agentes destinados en unidades específicas de lucha contra la delincuencia.
El mal perseguido sí o sí no es otro que hacer un daño psicológico a quienes tienen entre sus funciones combatir el delito. Quizá uno puede estar acostumbrado a que, por su profesión, le ataquen. Pero lo que supera cualquier límite es que esa situación se extienda hacia padres, hermanos o esposas.
La merma y el impacto mental es mucho mayor, por eso ni se puede minusvalorar ni pasar por alto como si hubiera sido una acción como cualquier otra. Estos casos deben medirse con una mayor implicación porque quienes están detrás persiguen que el círculo de víctimas sea muchísimo más amplio.
Hubo un tiempo que familiares de profesionales de la UDYCO vieron como sus coches y negocios eran atacados. Nunca nadie penó por aquello, la desolación entre los que servían en aquella unidad fue mayor porque a la culpabilidad sentida porque tocaran a sus familias se sumó la frustración de no conseguir que los autores pagaran por ello.
Lo que sucede hoy no es algo casual. Se le tiene que dar la importancia que tiene, que es mucha. Se repiten las historias y las agresiones, se buscan los mismos fines. Si a esto no se le pone el interés y el freno debido, las consecuencias serán peores de las que ya se sufrieron en su día.






