Los picos de euforia que experimentan las autoridades les llevan a considerar que todo funciona a la perfección en cuanto a la frontera se refiere.
Creen que el problema puede solucionarse con cuatro decisiones superficiales que no llegan a la auténtica clave de todo este lío: la pérdida de relación con el vecino país, la pérdida de esa vinculación añeja que conseguía que los problemas se solucionaran rápidamente, que las cosas que ‘andar por casa’ no llegaran a situaciones de auténtico caos diplomático. Mientras no consigamos enderezar una situación perdida, soportaremos problemas de envergadura sin saber siquiera de dónde nos vienen las tortas.
Hemos perdido demasiado en un camino siempre difícil, en el que pueden suceder los peores problemas solo con un gesto. Todos lo sabemos. Si miramos atrás veremos en que soporte tan débil se asientan las relaciones con el vecino Marruecos. Lo grave es que parece que nos empecinamos en que cada vez sea más complicado poner todo en orden, arrinconar el caos para que nada se enquiste.
Ayer cientos de ciudadanos se quedaron atrapados en la frontera. No hay porteo. No busquemos los mismos culpables. Las casas no se entienden.
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