Está muy claro que la Constitución establece para el Rey el papel de árbitro y moderador del normal funcionamiento de las instituciones democráticas. Y lo cierto es que, en la noche de ayer, cuando se dirigió a la Nación cumplió a la perfección su papel, porque en estos momentos nadie puede dudar de que las instituciones catalanas tienen un funcionamiento anormal. Está muy claro que el Ejecutivo autonómico de Cataluña ha abandonado la senda de la Constitución y se ha lanzado por un peligroso tobogán que no solamente intenta desestabilizar a la propia comunidad autónoma, sino al resto del territorio nacional. Es un golpe a la democracia española como no habíamos vivido en estos cuarenta años.
Pero el Rey Felipe VI, que tuvo la oportunidad de asistir con poco más de 13 años a un mensaje inequívoco de apoyo a la democracia y contra el golpismo que protagonizó su padre en la noche del 23-F, sabía que ahora él no podía ser menos. Porque, en definitiva, lo que está en juego es la unidad de España y la Monarquía representa en su persona, precisamente, esa unidad de todos los hombres y mujeres de esta Nación con muchos siglos de antigüedad.
Cuando se conoció, a primera hora de la tarde, que el Rey iba a dirigirse a toda la Nación fueron muchos los comentarios que se produjeron entre la opinión pública en función de cuál podía ser el contenido del mensaje real. Sin embargo, el jefe del Estado lo tenía muy claro. No quería ser ambiguo, ni quería ser árbitro. Sabía que se jugaba mucho y que los paños calientes no son buenos cuando se necesitan realmente estadistas donde los ciudadanos puedan mirarse y decir, de manera clara, “estamos con él”.
Felipe VI se ha ganado el trono, como lo hizo su padre en aquella noche del 23-F. Por supuesto, no es comparable una situación con la otra, pero su mensaje ha sido también un aldabonazo a los partidos que conforman el pacto constitucional. Ha sido un llamamiento a los poderes del Estado en su conjunto para que el orden constitucional sea restablecido en esta Cataluña que marcha a la deriva por culpa de unos dirigentes desquiciados. Fue la conciencia que ha llamado tanto a PP, como PSOE y Ciudadanos para que no rompan la unidad, que el cumplimiento de la ley no puede ser discutida. Que existen mecanismos constitucionales, por muy graves y dolorosos que sean, para restablecer la paz, la libertad y la seguridad jurídica. Además, también ha sido muy importante su llamamiento a una gran parte de la población catalana, que está conformando una mayoría silenciosa que no se atreve a expresar su amor y cariño a España, que no desea esa ruptura. Esa mayoría silenciosa de la que no se habla, como si los únicos catalanes que existen sean los independentistas.
El llamamiento del jefe del Estado a los partidos políticos ha sido claro para que no duden, que sepan lo que se están jugando, que no es cuestión de discutir ahora si hubo extralimitación en las cargas policiales, porque nos estamos jugando algo más que una reprobación a una vicepresidenta del Gobierno o a un ministro del Interior. Nos estamos jugando España, que es más que suficiente.
Es de esperar que el mensaje cale entre una clase política que ha demostrado, a lo largo de los últimos años, que está muy despegada de las preocupaciones reales de los ciudadanos. Y ahora mismo esos ciudadanos lo que quieren es un Gobierno y una oposición unida y fuerte.





