Se lo tenía callado. Porque Germi es así. Son muchas historias las que carga en su mochila, muchas luchas y entregas por los más desfavorecidos, muchas horas peleando por dar dignidad a esas personas que terminan reducidas a números en las hojas de los periódicos. A Germinal le he visto llorar por no poder salvar la vida a un inmigrante subsahariano en las rocas de Santa Catalina, arrojar un chaleco salvavidas al suelo con la rabia de reconocer el engaño sufrido por quienes lo compraron para bordear el espigón pensando que les iba a mantener a flote, también reflejar toda su sensibilidad en forma de cuentos y narraciones preñadas de significado. A Germi, durante años, le he visto llorar, enfadarse, sonreír y emocionarse con tantas y tantas historias vividas y compartidas por quienes en uno u otro momento han estado a su lado.
Se lo tenía callado. Nada dijo del reconocimiento que iba a recibir de manos del embajador galo en España. Pero siempre hay amigas comunes que ayudan a que ese reconocimiento tenga el sitio que merece y reciba la difusión debida para que los que conocemos, disfrutamos y apreciamos a Germi hoy estemos un poco más contentos.
Yo no puedo escribir de las facetas que no conozco de Germinal, tampoco puedo recoger elogios por vivencias que no he compartido ya que sería una pura hipocresía. Solo puedo escribir y sentir sobre aspectos de los que he sido testigo, del trabajo sin límite que Germinal ha demostrado en cada entrada masiva de inmigrantes, en cada naufragio, en cada llegada de hombres, mujeres y niños que no tenían a nadie, a los que no conocía y que encontraron en él algo más que las manos de un trabajador de Cruz Roja.
Mantener viva la capacidad de indignación, enamorarse con los retos, seguir creyendo que las cosas pueden cambiar y hacer algo por intentarlo son dones que lleva consigo Germi, que no ha dejado en el camino a pesar de las tortas. Por eso somos muchos los que le apreciamos y los que hoy estamos orgullosos de él. Mucho.






