Cada noche de Reyes a una ya le da por mirar hacia atrás y recordar los nuestros. Todo cambia, no diré para bien o para mal porque cada uno tiene su propia interpretación de la vida. Pero aquellos, nuestros Reyes, nada tenían que ver con los de ahora, principalmente porque ni había tanta saturación de regalos ni primaba el consumismo. Nuestros Reyes no debían ser tan espabilados como los de ahora porque al menos en mi caso siempre se equivocaban de presentes y si pedías el juego de la tele, con marca incluida, te traían otro parecido por supuesto con menos ceros.
Les aseguro que berrinche no había, no sé por qué pero parecía que intuíamos que lo recogido en la carta se transformaría en algo parecido. Mi familia, numerosa, se esmeraba en colocar los zapatos de todos ante la chimenea: padres y seis hermanos, todos en fila. Los míos los últimos, es lo que tenía ser la pequeña.
Aquellos Reyes eran mágicos no por los regalos, sino porque eran los Reyes de una familia que se quería y aquello, sin darnos cuenta, era lo mejor que podíamos tener.
El respeto a un padre y a una madre que eran unos referentes de lucha, de trabajo y de honradez ya era mágico de por sí para todos los hijos que supieron y pudieron criar.
Puede que el tiempo nos haya hecho perder el camino de la valoración, de lo verdaderamente importante en la vida. Quizá hayamos perdido el norte a la hora de saber reconocer cuál es la clave de esa noche tan esperada. Y no está precisamente en los anuncios, en la ropa cara, en los últimos modelos de telefonía, en las colonias, en el gasto y el gasto y el más gasto.
Hay quienes ya no volverán y ese es el drama con el que muchos debemos convivir a diario, aceptando lo que hay, asumiendo el hecho final de nuestras vidas imposible de controlar.
Aquellos Reyes, los nuestros, ya no volverán. Quizá esta guerra de caramelos, esa carrera frenética por conseguir el regalo más caro se haya convertido en normal. Tanto lo es que hasta asumimos que se desvirtúe la escenificación de Sus Majestades con políticos y un rey pintado. Bueno, todo va en la misma línea, en el mismo sentido, en el camino de lo que ahora entendemos por la noche más mágica del año cuando, si miramos hacia atrás, no lo es.






