Que al alcalde le gusta hablar lo sabemos todos. Que tiene sus épocas en las que comparece con mayor asiduidad para, en el fondo, hablar de lo mismo es conocido. Y que las palabras se las lleva el viento, también. Las grandes comparecencias para que te escuchen ‘los de siempre’, encarnando a los castigados de la clase que tienen que atender de nuevo la misma lección de su profe, son un error. Pero a pesar de ello gustan a este Gobierno que parece no ser consciente de que el ambiente en la sociedad no está para tantas palabras sino para más hechos consumados.
Si bien se ha sabido torear con cierto éxito la dura etapa de la pandemia y el daño posterior a la crisis de mayo que todavía persiste, ni mucho menos se han adoptado soluciones eficientes que garanticen una estabilidad a las familias ceutíes que siguen haciendo equilibrios para mantenerse a flote. Esas familias no necesitan que de nuevo se les hable de los 7 retos del alcalde -otras veces han llegado a ser hasta 100-, lo que quieren saber es si van a gozar de una estabilidad que les permita mantenerse, criar a los suyos con dignidad y mantener puestos de trabajo.
Y eso no está atado con garantías, existe mucho miedo e inquietud a lo que está por venir y a la manera en que se van a afrontar las nuevas situaciones adversas. Y ya no solo me refiero al plano económico, sino a la quiebra social nunca antes vista que se está registrando en Ceuta y para cuya enmienda no hacen falta comparecencias ni discursos ni enumeración de retos, hace falta actuar. Menos palabras y más hechos para que la sociedad se ilusione. Ahora no lo está. El alcalde, que siempre ha mirado mucho y bien por la clase funcionarial, debe atender más a otros sectores que no se pueden garantizar un sueldo fijo a final de mes ni pueden negociar sus buenos convenios porque ni siquiera los tienen.
No está la situación para aplicar la misma política de antes ni siquiera exponer similares formas. Los tiempos cambiaron y no precisamente para bien.






