Yo, cuando ingresé en una institución de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, lo único que pretendía era tener un puesto de trabajo para toda la vida.
Me faltó una cosa, una advertencia, para explicarme lo complicado que era el día a día en este lugar.
Hoy tienes que hacer esto.
Mañana hay que hacer lo contrario.
Nunca tu lógica es la que hay que tener en cuenta sino la de un superior que dependiendo de donde venga así estaremos más tranquilos o más inquietos.
En fin una locura.
Mis principios de rectitud muchas veces tienen crisis.
El protestar equivale a ser señalado y de un plumazo estar corregido.
Antes teníamos los encierros en calabozos por subsanar dicha falta disciplinaria.
Hoy nos quitan dinero en nuestras nóminas.
De esas donde tenemos que pagar todas las cosas para poder vivir el día a día con tu prole. En fin una pescadilla que se muerde la cola para no chillar en público esa cantidad de cosas injustas que vemos en nuestro puesto de trabajo.
Por ejemplo el detener a un señor que sale al instante a la calle y sin embargo cuando dice que le hemos pegado tener que gastarnos los cuartos para podernos defender de una acusación siempre en falso.
Pero ellos siempre gratuitamente y con la presunción de inocencia por delante.
Nosotros no.
Siempre la calle dice que somos unos sinvergüenzas.
No podemos tener asociaciones que nos defiendan nuestros derechos ya que somos un híbrido de para unas cosas ser civiles y para otras cosas militares.
Y como remate del tomate, ver que tus homólogos vestidos de otro color y con todos los derechos del mundo en la nómina sean mejor remunerados que nosotros.
¿Qué somos los patitos feos de la película? Nadie nos quiere pero siempre nos echan de menos.
Hemos estado siempre junto a la España rural y ellos sí saben valorar a personas como nosotros.
Ver que los vecinos están sanos, que no tienen problemas. Eso hace una cercanía que sólo nos deberíamos decir vecinos.
En cuestión de nuestras fronteras, tanto de vallas, como marítimas nos pasa igual. Estamos aquí a pie de guerra pero no podemos hacer nada. Da ganas la verdad de poner señales en todos los idiomas diciendo que pasen sin hacer muchos desperfectos, ni ruido, vaya a ser que tengamos nuestros puestos de trabajo en tinguerengue.
Que Dios nos coja confesados y que el intento sea en otro turno que no sea el mío”.
Declaraciones muy simpáticas y a la vez muy significativa para ver en la encrucijada en la que se encuentran estos pobres Guardias Civiles.






