Su marido está bien, sano y salvo, le informan, pero tardará en llegar a casa. El carguero en el que se había embarcado descansa fondeado y sin apenas combustible a una milla de la costa de una ciudad española en el norte de África, Ceuta. No hay dinero para seguir la ruta. Carmen queda noqueada. “Oh, my god”, suspira la mujer mientras mezcla expresiones en castellano e inglés. “¿Y cómo pago yo las facturas ahora?”, se pregunta. “¿Seguro que no llegará el día 10?”, vuelve a cuestionar. “Que Dios me lo cuide”.
Su esposo y padre de sus dos hijos varones, Jorge Vidal, viajaba con seis compañeros más a bordo del carguero Katrine Krog, que ondea la bandera de Bolivia, un país sin salida al mar. Los pasaportes de la tripulación dicen que los embarcados son de Norte América, seis de Estados Unidos y uno de Canadá. Sin embargo, su acento denota rápidamente su origen hispano. Proceden de Venezuela, El Salvador, Honduras... Hombres de mar.
Hablan desde la popa del Katrine Krog. A gritos. El mar baila con la fuerza suficiente para hacer difícil el acceso a la embarcación. A pesar de que el capitán ha dado el visto bueno a aceptar a desconocidos a bordo, la escalera queda demasiado alta y el agua demasiado cerca. Todo se mueve bastante.
Desde lo alto, la tripulación cuenta que el barco llegó a Ceuta el martes pasado. Tienen varios problemas. Dicen que los motores funcionan mal y que el armador no les ha pagado todavía el mes de noviembre. Además, no les ha enviado dinero para comprar combustible. Para poner peor las cosas hasta les ha faltado agua dulce.
El estadounidense Omar Peña habla desde la popa. Tiene 49 años, se ha pasado media vida en el mar y nunca le había ocurrido algo así. Tras llegar de América, él y el resto de sus colegas se embarcaron el 13 de noviembre en el puerto danés de Marstal. Su armador, de Haití, había comprado el barco y les había solicitado que, vacío, se lo llevaran a aguas del Caribe. En fin, un trabajo más para Omar.
Los problemas empezaron a la altura de Lisboa (Portugal). “Desde el 22 de noviembre navegamos sin máquinas. No teníamos ni aceite ni agua”, explica. “Lo solicitamos... y sólo nos dieron aceite”.
Así, gracias a las mareas y al poco combustible que tenían a bordo, se dejaron caer hasta Ceuta. “Tenemos el gasoil suficiente para llegar al muelle. Nada más”, asegura uno de los marineros.
La embarcación pidió el jueves ayuda a través de la radio. La Salvamar Gadir, barco de socorro, les llevó provisiones (agua y comida) y atendió a los tripulantes. Uno tenía problemas en el cuello y otro se aquejaba de una hernia. “Pero estaban en buen estado”, indicó uno de los empleados que los atendió. “No parecían lesiones de demasiada importancia”. Bastó una rápida visita al Hospital Universitario para confirmar el primer diagnóstico y traer de vuelta al carguero a los marinos, uno de ellos con un collarín.
Ahora, desde la popa del Katrine Krog, piden “volver a casa” cuanto antes. “¡Estamos preocupados! ¡Nos queremos ir!”, grita un tripulante desde la embarcación. Llevan días de tiras y aflojas con el armador. Esperan que les pague lo adeudado, llene el tanque y puedan poner fin a la situación. Y, si nada funciona, que al menos el patrón desembolse lo suficiente para que puedan atracar el barco en el puerto ceutí e inicien, cuanto antes, la vuelta a casa, donde en la mayoría de los casos sus familiares no tienen noticias de ellos desde hace ya varias semanas.
¿Y cómo quieren regresar? ¿Otra vez a bordo de un barco? Omar, al que le esperan en Miami una mujer y una niña de dos años, lo tiene claro: “Por avión, por avión”.
Antes de despedirse, los tripulantes lanzan una botella de plástico llena de teléfonos. “Nuestras familias no saben nada. Sólo tenemos una radio en el barco. ¿Pueden llamarles?”, pregunta uno. Pocas horas después, cuando el día empieza en Estados Unidos, suena el teléfono en Miami. Las reacciones son de alegría, pero también de pena. A ver quién paga ahora las facturas.






