Abdeslam El Machkouri conoce bien la frontera. Allí iba a probar fortuna. Era un crío. Quince años. Un contrabandista marroquí en edad de jugar. Y hacía lo propio: jugar y tomar el pelo a las líneas que separan dos mundos con distintas economías. Sobre el papel la operación parecía simple: paso del puesto que da a España, carrera hasta los almacenes de Ceuta, compra de dulces (“gusanitos, casi siempre”) y vuelta a su país a vender la mercancía. Luego, ya en el terreno, en la cola que se amontona todos los días en la divisoria, el negocio se complicaba. Nervios y apuros. “Era como echar una moneda al aire. Cara o cruz. Si salía mal, perdía la mercancía, el dinero y a veces los policías marroquíes me insultaban. No eran malos. Son como los que se van a la guerra: no pueden tener el corazón blando ”. Con los años, se cansó de tantos viajes, y trató de conseguir un billete de ida a Europa. Y sin retorno. “Pringué. Acabé con un amigo en la comisaría”.
Abdeslam tiene ahora 25 años. Ha cambiado: se ha olvidado del transporte de mercancías y de superar a escondidas el Estrecho. Por fin tiene un historial académico que, según dice, le puede llevar a una vida mejor, lejos del paro y de líos con las autoridades. Lo cuenta a las puertas de la fundación andaluza Forja XXI, donde ha concluido un curso de formación profesional subvencionado por la Junta de Andalucía que le acredita a él y a 14 jóvenes más como jardineros.
Abdeslam se inscribió porque “no hay trabajo” en su país. “Necesitaba más formación”, explica en un castellano que asombra y que aprendió gracias a un amplificador de antena que alcanza las cadenas españolas de televisión. Mañanas de dibujos animados. De llegar tarde a clase para poder ver el final del capítulo. “Pero a mí me encantaba estudiar”, asegura el joven. “Era bueno –añade–. Sacaba buenas notas, pero mi padre pasó de los 60 años, se jubiló y yo necesitaba tener dinero”. Dejó los estudios y empezó a trabajar. Contrabando, primero. La fábrica, después. Y de ahí al paro. “La crisis”, suspira.
“Marruecos, sí, es muy bonito, pero no avanza –resume–. Vivimos en el tercer mundo, ya sabes. Y yo y mis amigos seguimos viviendo en las casas de nuestros padres. ¿Qué vamos a hacer? Es difícil. Y si quieres casarte, los padres de la novia te preguntan qué trabajo tienes. En España, no pasa, pero aquí, con el Islam, casarse es un deber: es terminar un ciclo. Y sin trabajo, ¿cómo vas a alimentar a una mujer?”, se pregunta. “Yo tengo novia, pero sus padres no lo saben. No tienen ni idea”, sonríe. “Sé que no lo aceptarían y tendrían miedo”.
¿Miedo? “Claro”, responde. “Es el futuro de su hija. Normal. Yo haría lo mismo si alguien sin trabajo pide la mano de mi hermana. Me preocuparía”.
La de Abdeslam es sólo una de las historias que se agolpaban ayer en un acto en el que Forja XXI entregó diplomas a 70 jóvenes marroquíes. Todas juntas forman un relato de una generación que quiere más y parece no conformarse con una vida sin trabajo ni estudios. La crisis, y ahí la paradoja, les ha empujado a avanzar. Aprenden, compiten y piden paso.
Y muchos construyen. 25 alumnos de esos cursos recibieron ayer el título de carpintero y de técnico en rehabilitación de patrimonio. Luego, tras la entrega, mostraron su trabajo final: una mezquita en perfecto estado que hasta hace nada estaba totalmente abandonada y en el olvido tras décadas sin usarse. Desde ayer, rezan en ella los empleados del antiguo Hospital Militar de Tetuán.
“Antes, era un edificio lleno de basura, con las ventanas rotas y sin puertas. Ahora es una mezquita de verdad”, se felicita uno de los alumnos que puso a punto el templo, Omar Ely Aanouss. A sus 25 años y sin empleo, decidió apuntarse al curso, que financió Forja XXI y la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo. “Ahora ya trabajo. No siempre, pero sí a veces”, informa.
“Este es mi primer paso. Muy positivo. Es mi primer brazo, ahora falta el segundo”, bromea el joven de uno de los barrios más humildes de la ciudad. Y sin dejar de sonreir y quitar hierro relata su historia: “Antes de este curso, intenté tres veces irme de Marruecos”, enumera. “Dos veces por Ceuta. Otra vez por Algeciras. No tuve suerte. Espero que ahora mi suerte cambie. Aunque si no encuentro trabajo y sigo con el pasaporte, lo volveré a probar”.
A pocos metros de él, su compañero Saad Jaabak discrepa. “Yo no tengo ningún plan de emigrar. Quiero avanzar aquí, en mi país”, asegura a sus 24 años. “Voy a intentarlo. Quiero probar mi suerte: crearé una pequeña empresa”. Mientras habla, sus amigos se acercan a escuchar la conversación, llena de historias sobre cómo abrirse camino en “un país en el que todo se lo quedan los ricos”. “La mayoría de mis amigos tiene trabajo, pero no el que quieren”, protesta. “No se dedican a lo que han estudiado. Tengo un amigo licenciado, con muchos diplomas, que no encuentra trabajo. Otro tiene un doctorado, no consigue nada y quiere irse a Francia”.
“¿El problema?”, se cuestiona. “El Gobierno no piensa, no trabaja. Los alumnos, sí. Ahora tenemos mucha gente en Marruecos con diplomas, pero no hay trabajo para todos. Al menos en este curso hemos conseguido una formación muy diferente. Mucho mejor. Más práctica que teórica”.
Con esta filosofía rehabilitaron la mezquita. Una vez terminada, Aboubakrine Lioua, arquitecto que dirigió la remodelación, se muestra feliz: “Los jóvenes han trabajado muy bien. Han sido profesionales”. También uno de los profesores, Younes El Mgharbi: “Al principio nos costó mucho. No tenían experiencia. Pero luego mejoraron y aquí está el resultado. Ahora yo creo que tienen mucho más futuro”.









