Los controles que realiza el Instituto Armado a pie de embarque son los mismos: registrar vehículos y apuntar, de manera más exhaustiva, a los bajos de los camiones o autobuses que pretenden ocupar alguno de los ferrys que enlaza servicio con la península.
Son los anglófonos los que intentan, en su gran mayoría, esta escapada. Y hay quienes lo consiguen, a tenor de las llamadas ‘desapariciones’ que se producen en el CETI, de inmigrantes que dejan el campamento y ya no regresan sin que conste detención alguna. Dan forma a la marcha silenciosa que contrasta con la que fue utilizada por el colectivo de cameruneses, que pretendía obtener ‘la libertad’ a cartonazos, organizando motines o presionando a las autoridades.
Los intentos de embarque se suceden en el puerto de manera organizada. Los marroquíes, también sin papeles, organizan el pase, haciéndolo de manera escalonada. También se detecta en la zona la presencia de una subsahariana, que mantiene contactos con quienes presumiblemente van a embarcar y que esperan, apostados, en las naves de la avenida portuaria hasta que se produce el tránsito de camiones y autobuses en dirección a la estación.
La muerte de Kone, un mal precedente:
La muerte de Abdoulaye Kone, de 20 años, el pasado verano, tras caer de los bajos de un autobús en plena carretera de Málaga marcó un triste precedente en los intentos de escapada de los residentes del CETI al serles negada su salida pese a ser portadores de la tarjeta amarilla. Durante varios meses se paralizó los intentos de embarque clandestinos, ya que se extendió el miedo a otra muerte similar entre los compatriotas del campamento. Eso hasta ahora, cuando la presión vuelve a un pico importante.






