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A la estación de Ferrocarril... con Blanca Vallejo

Por Redacción
27/09/2010 - 10:35
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Apunto estuvo de llevarnos a su ‘rinconcito’ del Parque Marítimo en el que ha pasado los últimos quince veranos, pero siguió echando la vista atrás y su memoria encontró todavía un rincón mejor. Para alguien que ha vivido en Ceuta toda la vida, cada rincón de la ciudad significa algo.

Eso le ocurre a Blanca Vallejo, presidenta de los vecinos del Centro y conocida por muchos por su labor en Asuntos Sociales. Al final nos decidimos por la antigua estación de Ferrocarril que recorrió una y mil veces de niña. Junto a su único hermano, Miguel Ángel, a quien estas líneas seguro que le reavivan entrañables imágenes. Mientras resuena el ‘clac-clac’ del expendedor de billetes que, cuenta, salían en un cartón ‘larguito’, visualiza aquellos años como si todo hubiera ocurrido antes de ayer. “La familia de mi madre, que eran 14 hermanos, estuvo muy vinculada al ferrocarril”, explica, “mi tío Roberto llegó a ser el jefe de Movimiento y Tráfico después de haber sido revisor, mi tío Tomás era el jefe de Carpintería y hacía las traviesas del tren, mi tío Jesús era el guardagujas y mi tío Abel también trabajaba aquí al mismo tiempo que era jugador del Ceuta”. Y al mando del ‘cla-clac’ la tía Mercedes...
Desde ese mismo lugar partía cada cierto tiempo de excursión. Destino: Castillejos. Mejor dicho, la estación de Castillejos. “Íbamos a merendar a casa de mi ‘tita’, pues su marido era el jefe de estación allí”. La primera parada era Miramar. El resto no las recuerda bien. Son muchos años los que han pasado. Sin embargo, el paisaje sigue siendo casi el mismo. “Era un viaje precioso por toda la costa, merecía la pena sólo por ver el mar tan bonito”.
Volvamos a la estación. Hoy no luce como antaño. “Me da mucha pena, cuando voy a Marruecos y veo que allí estos edificios se han conservado muy bien, son realmente muy bonitos, me da lástima que aquí no se haya hecho lo mismo”. Las vallas que cercan el lugar y nos lo ponen harto complicado para inmortalizar el momento anuncian reformas recién empezadas. “Parece que van a rehabilitarlo, a ver qué se hace, porque creo que con la falta que hace un teatro en Ceuta desde hace años, esto podría haber sido un pequeño ‘Falla’ sin problemas”. Y no sólo el edificio, sino también conservar unos vagones emblemáticos que marcaron su infancia. “Jugábamos en la vía muerta a las casitas, metiéndonos por los vagones, y una vez mi hermano saltando de uno a otro se rompio una pierna”, rememora, “lo llevamos como si fuera en procesión en un carro de tres ruedas que creo que llamaban ‘zorrilla’ hasta el hospital”.
Tres son los momentos que más le marcaron allí. De un lado las Cruces de Mayo que elaboraban cada año con entusiasmo. “Justo en esa habitación”, concreta señalando la ventana que en la foto aparece tras ella, “era enorme y como mis tíos no tenían hijos contábamos con todo el espacio que quisiéramos”. Luego estaba su tío Roberto, a quien menciona varias veces en la conversación. Murió con 102 años llevándose en su memoria gran parte de la historia de un punto emblemático de la ciudad. “Medía 1,90, un hombre guapísimo, y cuando se jubiló cogía su pasaporte y se iba andando a Marruecos, siempre con su candora, metiéndose por las kabilas”, narra, “todo el mundo allí le conocía”. Y es que en su época de revisor era buen amigo de todos aquellos que traían sus gallinas y demás productos para vender en la ciudad. “Les escondía la mercancía y los metía gratis en el tren, siempre me lo contaba”.
Y el último recuerdo huele bien y sabe aún mejor. A magdalenas caseras de su tía. “Avisábamos con tiempo para que pudiera hacérnoslas, nos encantaba venir a merendar”. Llenar el estómago era el preámbulo a horas de carreras y juegos que, sin duda, cualquiera querría revivir algún día. Blanca volvería a ponerse la visera, nos daría nuestro billete y, lo más divertido de todo, volvería a tocar la campana. ¡Que viene el tren!

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