“Aquí vinimos la semana pasada y había miles, ahora serán sólo unas doscientas. Imagino que algo nos dejaríamos”, comenta su compañero, Jorge Pacheco. Pero en esta intervención, los bomberos no han podido hacer todo eso, porque el arreglo de una tubería estropeada dependía de ello. El panal, aunque pequeño, se encuentra en actividad, y la labor del profesional que quiera arreglarla se verá impedida. Por ello, el personal del SEIS no puede acudir al atardecer. Además, se trata de un lugar de complicadísimo acceso.
Por tanto, los bomberos Pacheco y Martínez se ven obligados a eliminar la pequeña colmena, lo que harán quemándola con un pequeño lanzallamas, a la vez que el otro refresca inmediatamente la zona para evitar que prenda cualquier tipo de chispa entre la maleza, debido a las altas temperaturas del día.
“En algunas ocasiones no queda más remedio que eliminar el panal”, comenta el sargento de guardia. Eso es exactamente lo que van a hacer en este momento. “Entre las abejas y las personas, antes las personas”, afirma. Fue el caso de un piso en el que los inquilinos querían cambiar la antena pero no podían, porque había un panal en una cavidad del edificio. Al final, solucionaron la urgencia con un extintor de CO2, que expulsa el gas a 70 grados bajo cero.
En casos como por ejemplo un panal que impide a la persona entrar en su casa, actuamos rápido, aunque haya que eliminar el panal”, explica uno de los bomberos que, además, tiene experiencia directa con las colmenas. “Tuve una en mi terraza; calculo que tardaron tres horas y de repente noté que la ropa colgada para secar se movía”, recuerda.
Mayo y junio, la época
Primavera es la temporada en que las colmenas aparecen por doquier y, sobre todo, comienzan a molestar. En una semana, del 31 de mayo al 7 de julio, los bomberos han atendido ocho incidencias relacionadas con estos insectos; una media de más de una por día.
“En invierno están más ocultas, pero en primavera comienza el desbroce, y se ven más”, comentan los bomberos. Es el caso de un gigantesco tronco del Monte Hacho que cayó, en el que las abejas fueron instalándose poco a poco. Pasaron inadvertidas hasta que los habitantes de una casa cercana empezaron a molestarse, y llamaron al teléfono de emergencias.
En casos como este, lo principal es la protección, para lo que se enfundan un traje de apicultor. “Con el tiempo, con el uso, se van desgastando, y las abejas son lo suficientemente listas como para buscar la debilidad y picarte”, comenta uno de los bomberos, experto en estas incidencias. No es broma, las picaduras son capaces de atravesar sin problemas el pantalón del uniforme usual. Para solventarlo, recientemente han llegado dos nuevos trajes al cuerpo.
Tampoco se puede hacer una labor de prevención; por más que año tras año nazcan nuevas colmenas, siempre son en diferentes lugares, por lo que establecer un patrón resulta difícil. Tal y como explican los miembros del SEIS, “buscan cualquier lugar en el que puedan asentarse”. Eso sí, la temporada de abejas, que comienza en mayo, suele terminar a finales de junio o principios de julio, y después sólo hay un “goteo” en el que, de vez en cuando, es necesario enfundarse de nuevo el traje contra las abejas.








