Los amigos y los familiares del niño Ilias no quieren que su muerte caiga en el olvido y es comprensible. Su madre, destrozada aún en la concentración pacífica que se celebró ayer en su honor, pedía por favor a los niños como su hijo, que viven en la calle en busca de poder pasar a la península que desistan que no lo hagan y que no arriesguen el don más preciado que poseen: su vida.
Sin embargo, en la plaza de la Constitución el panorama era muy diferente, eran niños como su hijo, sí, pero que tienen claro que no van a cejar en su empeño de poder alcanzar su sueño de una vida mejor y que tienen proyectado hacia el otro lado del estrecho.
Todos ellos, las varias decena de menores y jóvenes inmigrantes que quisieron recordar al que fue su amigo, viven en la calle, en situaciones que no son ni las normales ni las deseables para chicos y chicas de su edad. Es un problema visible para todos al cual no se le ha encontrado situación.
Mucho se ha discutido esta semana del devenir de estos jóvenes, pero entre disputa y cambio de leyes, no hay que olvidar que permanecen en la calle, malviviendo y más cerca de acabar como Ilias que de alcanzar sus sueños.
El discurso político y la voluntad están bien, sin de obligado cumplimiento, pero también la atención de estos menores cuya situación les empuja a dejar sus casas y no poder echar raíces en su tierra, junto a su familia. Así que mientras se decide qué va a pasar con ellos, es necesario atenderlos como se debe.






