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“Se llamará Mónica, como su madre”

Por Redacción
16/04/2010 - 22:03
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El traje de Joaquín José Martínez, primer europeo que salió del corredor de la muerte, no es casual. Lo escoge sólo cuando tiene que contar su historia, o en los acontecimientos importantes de su vida.

 “Tengo un buen fondo con otros de marca, pero hay tres que siempre uso para los momentos importantes: los que dos del juicio y éste, que perteneció a mi padre”. La vida del primer europeo que salió del corredor de la muerte es, nueve años después, poco dada al azar. También es otra, porque, asegura, sus padres le dieron dos veces la vida. Pero cree que ya ha hecho todo lo que quería hacer: “He sido rico, he sido pobre, he conocido al papa, al presidente del Gobierno, he hablado delante del Europarlamento, y he visitado la cúpula de la ONU de Barceló. ¿Qué más me quedaría? ¿Llegar a la Luna?”.

A sus 38 años, Joaquín José Martínez viaja mucho, casi cada semana, y colecciona los obsequioscon que le agasajan allí donde pasa. Los expone cuidadosamente en su casa, y le encanta explicar las batallitas vividas en los lugares que ha visitado. Porque en estos años, Joaquín José Martínez ha tenido que aprender todo. Incluso a andar, literalmente. “Imagínate los pasitos que das con las esposas”. Pasitos que durante cinco años se convirtieron en la monotonía de lo que llegó a ser su familia. “Lo que más echaba de menos era aquello de pensar ‘buf, otro bautizo, otro cumpleaños’. No tenía a nadie, y por eso los del corredor eran mi única familia”. De las personas con las que coincidió, sólo dos sobreviven. Uno, libre como él. Otro, a quien le han cambiado la condena por cadena perpetua. “Era terrible. Cuando entré, todavía se usaba la silla eléctrica. Las luces se apagaban y ya lo sabías. La noche antes de la ejecución, nadie dormía”.

Al igual que Martínez no durmió la noche antes de su liberación; un duermevela del que se sobresaltaba cada vez que caía en la cama, y volvía a observar la caja con las pocas pertenencias almacenadas en sus años de preso. “Quería tomar conciencia de que era realidad y no un sueño”.

El sueño acabó por la mañana, cuando volvió a ver la luz y, en medio de la vorágine de periodistas que le buscaban, interrumpió: “Perdonen, es que tengo ganas de tocar el césped”. Y, ni corto ni perezoso, se quitó los zapatos para sentir la hierba sobre la planta de sus pies, concediendo la entrevista sobre la hierba. Fue la primera de las decisiones que podía hacer. La más sorprendente, horas más tarde en la cena con el embajador, que tuvo la educación de preguntarle qué quería para cenar. Por primera vez desde su detención. Y José Joaquín Martínez lloró.

Y después de llorar y comer, cuando le preguntaron si carne o pescado, dijo que un poco de cada. “Yo, antes de entrar al corredor, era de los que iba a un restaurante, y si la carne no se encontraba en el punto exacto que yo quería, abroncaba al camarero”. En sus primeros días de libertad, se conformó con el arroz de su madre, la comida que echó más de menos en el corredor, en el que la toda era o cruda o quemada. “¿A quién te quejabas?”, recuerda con ironía. “Estaba preso de lo material, y entré a otra prisión. Ahora sí soy libre, y veo la vida de otra forma”. De la que sólo la puede ver alguien que ha visto tan de cerca el sueño eterno, que ha vivido con la angustia de saber que cualquier día le podían anunciar su ejecución. “En el sistema americano, lo que importa es que alguien pague por lo malo  que ha pasado, no que ese alguien sea el culpable”, reflexiona.

“Elegir”. Era lo que, sobre todas las cosas, añoraba. Comer un plato u otro, ponerse una ropa u otra, en vez de el buzo. Una ropa que le afectó tanto que, asegura, incluso le cuesta comerse una naranja, “y mira que vivo en Valencia”.

“¿Pero no te cansas de hablar siempre de lo mismo?”. “No”. Más aún, cada vez que abandona una conferencia, le entra un bajón que sólo se cura si vuelve a contar su historia, asegura.

Una historia con final feliz. Final, porque para él ya ha terminado la novela. “Cada día que vivo es un día de más, no necesito experimentar más”, afirma. Aunque enseguida se le ven proyectos, como la película para televisión que contará su historia, y en la que quiere participar de algún modo. Pero no de protagonista. “No tendría fuerzas para volver a experimentar ese sufrimiento”.

Para lo que sí ha tenido fuerzas es para perdonar a todas las personas, “y son muchas”, que le pusieron entre rejas. Y para recomponer la relación con las dos hijas de su anterior relación, a las que en pocos días irá a ver al otro lado del charco. Una relación que no comenzó del todo bien. “El reencuentro no fue como esperaba. Una suit del hotel, dos guardas, y plagado de medios”. Algo que, con el tiempo, ha sabido recomponer. “Aunque resulta complicado: a veces estoy hablando por el móvil con ellas, y alguien me para porque me reconoce. ¿Cómo le explico a mi hija que se espere, que me han parado por la calle? Acepto que pueda famoso, aunque no me considero como tal”. Con su ex mujer también ha rehecho una buena relación. “No es el amor de antes, pero sí una admiración mutua de lo que yo hice para salir del corredor y de lo que ella hizo con mis hijas”.

España. Ese es el nombre propio de la recomposición de su vida. Huyó de Estados Unidos para ir al país de las vacaciones de su infancia, y cuyas tradiciones su padre le había inculcado. “De niños, nos llevó al consulado, nos sacó el pasaporte, y nos dijo que nunca olvidáramos qué éramos. Manteníamos las horas de la comida y la cena, y celebrábamos Reyes”.

En este país volvió a trabajar, tomándose la vida marcada por el corredor. “Llovía y corrían a taparse. Yo añoraba la lluvia, iba con traje, y me daba igual mojarme”, recuerda. Marcada hasta tal punto que sin él no volvería a ser padre. “Una chica se interesó por mi situación, y me enviaba cartas. Después de salir, mantuvimos la relación. Bueno, aún me queda algo por vivir; el mes que viene voy a ser padre. Se llamará Mónica, como su madre”.

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