“Para comprender el Maratón de las Arenas hay que estar allí”.
Así de tajante se expresaba el atleta caballa Ismael Dris, que durante una semana ha participado en la 25ª edición del Marathón des Sables o Maratón de las Arenas, como se conoce en nuestro país.
240 kilómetros por el desierto del Sáhara en la que está considerada la prueba por etapas más dura del mundo pero que, ya sea por el reto que supone o el marco incomparable en el que se desarrolla, reúne a atletas llegados de todo el mundo y que hacen cola, literalmente, para participar.
El caballa, que el año pasado compitió por primera vez para cumplir su sueño, se “juró” a sí mismo no volver tras una semana de sufrimiento. Sin embargo, el pasado 2 de abril estaba en la línea de salida, listo para afrontar una nueva aventura.
Para colmo, esta edición ha sido “un 60% más dura como mínimo”, ya que al cumplir el 25º aniversario de su creación, las zonas más duras del desierto han formado parte de los recorridos principales.
“Hemos llegado a hacer 30 kilómetros de dunas, incluso de noche”, explicaba Ismael, “y en algunos tramos la temperatura ha superado los 50 grados”.
En esta competición, la organización da a cada participante un mínimo de litros diarios de agua, lo que llegó a ser insuficiente en alguna etapas, ya que contaba Ismael que “me encontraba con participantes que no tenían, e incluso yo he llegado a pedir. He pasado mucha sed este año, y muchos se retiraron por eso”.
Recordaba que “en la etapa larga, la de los 80 kilómetros, estaba desesperado y bebí agua de un oasis. Fue un error, ya que se me descompuso el vientre y tuve que bajar el ritmo”.
Aunque Isamel competía este año con “menor preparación” que en el 2009 y su objetivo principal era el de “ganar experiencia para futuros años”, ha conseguido un puesto excelente, el 28º, entre cerca de un millar de atletas.
Decía que después de la primera etapa empezó a encontrarse “bien”, y al comprobar que en la clasificación estaba situado entre los 30 primeros se “había metido en un lío”, ya que “intenté por todo los medios aguantar la posición hasta el final”.
Pero no fue fácil, y todos los días acababa la prueba “exhausto”, insistiendo en la escasez del agua, lo que le obligaba a ser “un poco pirata”, ya que por las noches “yo y unos compañeros nos colábamos por detrás de los montadores de jaimas para coger alguna botella. Teníamos mucha sed”.
“Hay que tener en cuenta que nos daban cuatro litros y medio de agua, lo que a cuarenta y tantos grados y después de 40 kilómetros de carrera diaria en el desierto no es nada. Además, es el agua que teníamos que usar también para cocinar”, señalaba.
El hambre también pasó factura, sobre todo a sus rivales y compañeros, ya que apuntaba que “yo llevé más comida que muchos. Mi mochila podía pesar al principio 12 kilos, por 6 de la de ellos. Me tenía incluso que esconder para comer, y había quien se apartaba para no ponerme en un aprieto”.
“Una noche tuve que ir jaima por jaima pidiendo comida para un compañero -decía-. Le daba vergüenza. Le conseguí dos chocolatinas y un puré de patatas”.
Pero el Maratón de las Arenas es eso, por encima de la aventura y el deporte extremo está la convivencia entre “personas que ni se conocen, que no saben tu idioma, nada, pero a los diez minutos eres íntimo amigo de ellos, dispuesto a ayudarles”.
Hay que recordar que Ismael ha formado parte de la ‘armada española’, uno de los países con mayor representación en esta prueba y que ha colado a tres entre los diez primeros: Jorge Aubeso, Aurelio Olivar y Julio Gómez, a los que hay que añadir la victoria de la fémina Mónica Aguilera.
Decía Ismael que “España tiene un gran nivel en montaña, y eso se nota. Yo, además, he tenido la suerte de ir en el grupo de los mejores, y de hecho puedo decir que Jorge Aubeso es un gran deportista, pero como persona es mejor”.
Uno de los motores del ceutí para seguir adelante ha sido el apoyo de los suyos, “incluso de personas que no conocía y que me escribían”, señalaba. “Por la noche, cuando lo leía en la jaima y me sentía destrozado, sin apenas poder moverme, y pensando que al día siguiente tocaba otra vez, ver el apoyo de la gente me servía de mucha ayuda”, destacó.
De hecho hacía especial hincapié en que “si yo me despierto en Ceuta con las mismas condiciones físicas que en el desierto, no sería capaz de hacer ni diez kilómetros andando”.
“Pero -matizaba- en esta prueba no todo es la condición física, que importa claro está. Lo verdaderamente importante es la mentalidad, el querer terminar, el saber que vas a terminar. Si te planteas la retirada, estás perdido. Yo nunca me he planteado el retirarme. Jamás”.
“Llega un momento -continuaba- en que lo físico se acaba, ya no tienes fuerzas para seguir. Toma el relevo la cabeza y terminas”.
Dris ya no jura no volver el año que viene, y decía que “si estoy con fuerzas y Dios quiere voy a intentar conseguir un mejor puesto en la clasificación, ya que si con poca preparación he sido el 28º, quiero ver hasta dónde puedo llegar. Estoy muy contento de haber terminado, y feliz, feliz por poder repetir el año que viene”.












