Están colgados. Literalmente. No es que se dediquen a hacer locuras, sino que literalmente viven suspendidos de una cuerda siete horas al día, de lunes a viernes.
“Al principio da un poco de vértigo, pero luego te relajas”, asegura Housam Mohamed, uno de los seis trabajadores del Plan de Empleo que estos días limpian las Murallas Reales de vegetación.
Están estos días en la zona cercana al puente del Cristo, una de las más concurridas de la ciudad. Tanto que se convierten en objeto de las miradas de ceutíes y visitantes. Desde quienes sólo pasan por allí y se asoman al balcón para ver cómo varios tipos con casco y arnés trepan por las Murallas como si lo llevaran haciendo toda la vida, hasta un grupo de turistas japoneses que se paran, asombrados. Uno de ellos, tras repasar con detenimiento sus conocimientos de español, consigue preguntar: “¿Qué estáis haciendo allá abajo?”. No parecen entender la respuesta, pero les gusta igual.
Los trabajos de limpieza comenzaron la semana pasada, y terminarán seguramente después de Semana Santa. No es la primera vez, ya lo han hecho antes un par de veces, pero las plantas vuelven a crecer, y tienen que colgarse de nuevo. “Ahora tenemos un herbicida un poco más fuerte, a ver si funciona”, dice Álvaro Díaz Portillo, otro de quienes estos días limpian los muros de piedra en los que no paran de crecer las plantas que han ido fijándose entre las piedras a lo largo de los siglos.
“Hemos intentado de todo, incluso quemar con un soplete las raíces para que no volviera a crecer, pero es complicado”, comenta Elías Mohamed, que pacientemente arranca una a una las hojas, que caen al mar poco a poco. Con la esperanza de que no vuelvan a crecer, después de quitar la vegetación se encarga de aplicar la solución en la que, por cada litro, 100 mililitros son de herbicida y el resto de agua. Armado con un dosificador, rocía los puntos de las piedras en los que ha crecido la planta, lugar en el que cae la mezcla. Cada bote sirve para limpiar, aproximadamente, un paño de la muralla; es decir, un trecho que cuenta con unos doscientos metros de largo.
“Algunas se nos resisten, y en ese caso usamos la tijera; pero normalmente nos basta con las manos”, explica Housam. Ayudados por unos guantes, la labor se hace pacientemente. En una tarea como esta, en la que se trata sobre uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad, es importante ir con cuidado. En primer lugar, por respetarlo y evitar dañarlo. En segundo lugar, pero no menos importante, para garantizar la seguridad de quienes se cuelgan. Las medidas de seguridad son primordiales. Arnes, casco, y dos cuerdas por persona: una para el ascenso y el descenso y otra por si falla la primera; esta última recibe el nombre de ‘anticaídas’.
“Afortunadamente, nunca hemos tenido ningún susto al respecto”, asegura Álvaro Díaz. Para casi todos los que trabajan en las Murallas Reales se trata del primer empleo, después de que cursaran una escuela taller del Plan de Reinserción Laboral y sacaran una buena nota. Los seis que ahora forman el grupo (Housam Mohamed, Elías Mohamed, Álvaro Díaz, Jesús Fontalba, Cristian Aranda, y Said Ahmed) tienen un contrato de seis meses que acaba en junio, y del que todavía no se preocupan demasiado. “Espero que nos renueven, a ver si hay suerte”, afirma Elías Mohamed. “Aunque si no lo hacen, supongo que mandaría un currículum a las empresas que ahora se dedican a eso, porque no estoy seguro de que montar otra fuera viable, ya que existen tres o cuatro”, tercia Díaz. Lo que parece probable es que, en unos meses, al menos una parte de la vegetación volverá a crecer, y alguien tendrá que volver a adecentar las Murallas Reales.









