La muerte de esta joven tetuaní ha marcado un antes y un después en la sociedad marroquí. Llegan para asentarse tiempos revueltos que empezaron a vislumbrarse este verano con una juventud que mostraba su hartazgo colgando en youtube los vídeos de sus escapadas en embarcaciones.
Pero que una joven que solo quería escapar como el resto haya muerto tras una ráfaga de disparos de la Marina Real marroquí y que las autoridades se empecinaran en ocultar esa muerte ha abierto una dolorosa brecha que va a tener sus consecuencias. De manera inmediata tenemos ese malestar social plasmado en redes sociales y que ha estallado en forma de protestas.
A la larga se está gestando un modo de pensar que huye del miedo y que exige que se dé la cara. Una movilización que nace al otro lado de la frontera y que algunos se empeñan en pensar que aquello nada tiene que ver con nosotros.
Al otro lado de la frontera se está gestando una reacción que también nos va a salpicar
Los cambios de nuestros vecinos incidirán de manera directa en esa relación entre fronteras que se ha mantenido durante tiempo y que solo se ha visto mancillada por los colapsos y las malas relaciones derivadas del bloqueo del Tarajal.
Si pensamos que estamos ante un sarpullido de fin de verano, ante una protesta que durará lo que el recuerdo de Hayat estamos equivocados.
La juventud marroquí ha elegido adoptar una visión romántica de la autoridad española para huir
La juventud huye del norte de Marruecos, asiste molesta a un crecimiento que no está hecho para ellos, carece de futuro y busca en la oportunidad dada por los delincuentes esa huida hacia las costas españolas, a bordo de una semirrígida.
Los que quedan, los que son víctimas como lo fue Hayat, ya no callan, no tienen miedo, salen a la calle y exigen explicaciones, amenazan con seguir con esos disturbios y miran hacia nuestra frontera, hacia las autoridades españolas en una falsa visión romántica del problema a la que no podemos dar la espalda porque, de igual manera, nos va a repercutir.






