El Bosque de los Ausentes no tendría capacidad suficiente para albergar árboles por cada una de las personas que fueron víctimas del mayor atentado terrorista de la historia de España.
A los 191 inocentes que aquel jueves de marzo perdieron la vida en las vías del tren de Madrid y el geo Francisco Javier Torronteras, de 42 años, fallecido en la explosión de Leganés, habría que sumarle las historias de muchas personas que sobrevivieron al ‘día de la infamia’ pero que marcó sus vidas e hizo que nunca volvieran a ser como antes.
Algunos continúan aún recuperándose de las secuelas en el trayecto más lago de sus vidas, mientras que otros poco a poco van llegando a la última estación de un viaje casi interminable. Es el caso del hermano de uno de los acusados por la Audiencia Nacional y después puesto en libertad por orden del Tribunal Supremo. Su vida tras el 11-M no ha vuelto a ser como antes, aunque con el tiempo va recuperando la normalidad.
‘Al Amal’ - ‘la esperanza’ en árabe y nombre con el que vamos a referirnos a uno de los protagonistas de la historia debido a que su padre prefiere no desvelar su identidad- tendría hoy diez años si una enfermedad no le hubiese provocado la muerte a los cuatro años. Su padre - ‘Al Mukafih’, ‘el luchador’, a partir de ahora-, hermano de uno de los condenados inicialmente por la Audiencia Nacional, acompañó al pequeño durante sus últimos días de vida de hospital en hospital, intentando desconectarse de todo lo que sucedía a su alrededor por su parentesco con uno de los acusados.
“Fue mucha presión la que recibí durante mucho tiempo. La gente me señalaba por la calle por ser hermano de uno de los condenados, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad podían sospechar que yo tenía algo que ver, las noticias no paraban de salir en prensa... fueron días de muchos nervios y mi familia sufrió mucho debido a la presión que tuvo que soportar”, explica con mirada de sinceridad.
Aunque prefiere no pensar que la presión que sufrió su familia pudo afectar a su hijo, sabe que la tensión vivida aquellos días “infernales” pudo afectar al pequeño ‘Al Amal’. “Teníamos problemas en centrarnos sólo en luchar por nuestro hijo. Era inevitable que nos relacionaran con lo que había ocurrido, pero yo nunca me he metido en la vida de mi hermano. Nosotros nos tenemos mucho respeto y no nos metemos en la vida de los demás. Cada uno hace la suya y yo sólo me preocupo de mi mujer y mis hijos”, añade.
‘Al Mukafih’ se va recuperando de aquel mal trago. Y a ésto le ayuda recordar que a pesar de las dificultades que encontraba dejó a un lado lo ocurrido en Madrid para darlo todo por su hijo.
El padre de ‘Al Amal’ temía también que su parentesco con uno de los acusados motivara que los ceutíes dejaran de ir a la cafetería que regenta, su forma de subsistir. Sin embargo, muestra su satisfacción al asegurar que su establecimiento siempre ha sido visitado por mucha gente. “Por lo que he vivido creo que la gente sabe que no tengo nada que ver con aquello -se refiere al 11-M- y que soy una persona trabajadora que intenta sacar a su familia adelante con el sudor de su frente. Nunca ha dejado la gente de venir a mi cafetería”, añade.
Su forma de ser también le ha ayudado a pasar este mal trago. Recibía visitas de agentes del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y también del abogado de su hermano. “Yo siempre intento atender bien a todo el mundo. No tengo nada que esconder, pero poco puedo contar de mi hermano -el que fue condenado por la Audiencia Nacional y que después quedó en libertad por orden del Tribunal Supremo- ya que apenas tengo relación con él. De todos modos entiendo su trabajo, al igual que el suyo -se refiere al periodista que le entrevistó-, por eso os trato a todos bien”.
A esta tensión había que añadir la impotencia que sentía al confiar en la inocencia de su hermano y ver que no podía hacer nada al respecto para ayudarlo.
La familia del pequeño ‘Al Amal’ es una de aquellas víctimas del 11-M, que aunque ninguno de sus miembros falleció en aquellas vías del tren, sus vidas han quedado marcadas por aquel trágico suceso.






