El pasado jueves la Guardia Civil encontraba el cadáver de un argelino flotando en el puerto. Aquel suceso pudo quedar como la narración de cuatro datos que vengan a engrosar las estadísticas de las muertes de inmigrantes, pero nosotros quisimos contar la historia, la que hay detrás de esas personas que han dejado una vida para emprender, no sin dificultades, otra nueva. En el caso de los argelinos la barrera que deben romper es cada vez más dura. Son un colectivo marginado, etiquetado, que causa rechazo y que paga las consecuencias de una maquinaria administrativa que no funciona. Para los argelinos no hay salida. Sus solicitudes de asilo están admitidas a trámite pero nunca llega la respuesta, se quedan atrapados en una ciudad convertida en un particular limbo, con sentencias que les dan la razón, que les permiten cruzar, pero con una administración que se lo impide. Es ilógico pero resulta real.
Khaled era una de esas personas, de esos jóvenes argelinos que terminan bloqueados en el CETI, viendo cómo otros inmigrantes que llevan menos tiempo que ellos sí que marchan a la península. Su única escapada es el barco, la alternativa pasa por colarse, arriesgando sus vidas. Las noches en el puerto siempre son iguales, protagonizadas por hombres que se arrojan al agua y de los que, en demasiadas ocasiones, nada se sabe. Khaled era uno de ellos, un joven que quería ir a Francia para ayudar a su hermano inválido. Que vivía atrapado en un círculo al que nadie quiere encontrar salida. Murió sin cruzar.





