Cuestión nada baladí que merece una respuesta sosegada, a la que se llega con una pregunta previa y quizá foco de todo este descrédito que los parlamentos democráticos están sufriendo: ¿Cuál debe ser el papel de la oposición? Si la oposición se empeña en jugar el papel de perdedores, pensando desde el primer momento en las próximas elecciones, en que la única tarea es arañar votos mediante el deslustre del gobierno, la petición de imposibles, y un discurso engañanecios populista, tenga por seguro que poco van a aportar a la mejora de la sociedad con esa actitud.
El único beneficiado por esas acciones será el distanciamiento, la polaridad política, y el enorme ego alimentado por el odio visceral, fundamentalmente dirigido a partidos conservadores. Si la oposición no se pregunta porqué es derrotada una y otra vez, porqué los electores no la ven cualificada para gobernar, porqué gran parte del electorado la descarta e incluso la teme, deberá acostumbrarse a permanecer sentada frente al gobierno. Pero pedir a quienes están acostumbrados a mirarse al espejo de las vanidades que lo hagan a su derredor, es una difícil tarea que tiene que luchar con la autocomplacencia en cada una de las acciones que protagonizan, y que difunden a través de las redes sociales antes que ponderarlas en el seno de un razonamiento profundo y templado. Si la oposición cree que los ciudadanos le han confiado el voto con el único objetivo de evitar cualquier acción de gobierno, está declarando abiertamente que nada hay de provecho en los rivales políticos, que todo lo que emana de otro partido político es malo por naturaleza; practicando la intolerancia reiterativa, evidenciando una ceguera y ojeriza frente a todo un espectro ideológico apoyado por la mayoría de los electores. En este caso la oposición se comporta con cualidades más propias del fascismo y del nacismo que de una formación política del siglo XXI. La esperanza de un elector cuando la opción de su papeleta queda en la oposición es la de permitir el mejor gobierno de los posibles, fiscalizando y controlando con rigor y responsabilidad toda acción gubernamental, y denunciando, primero ante los organismos competentes y después ante la opinión pública, toda tropelía que crea haber detectado. Y, por supuesto, a cada propuesta de gobierno que no comparta, formular la alternativa real a esta. Pero proponer una alternativa real a las acciones de gobierno es algo más difícil de lo que parece, porque eso requiere de tiempo y esfuerzo, de estudios presupuestarios y legales, que algunos obvian ante la evidencia de sus incapacidades políticas, no por falta de intelecto, sino por falta de espíritu. Si alguien creía que teníamos un mal gobierno, sólo hay que mirar a la oposición para comprender que tenemos, a distancia, el mejor gobierno de los posibles.





