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Aquellos de los que no hablamos

Por Carlos Rontomé
13/10/2015 - 05:35

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Resulta conveniente en estos tiempos de fragilidad, revisitar “El bosque”, la película de Shyamalan, en la que se describe la creación de una sociedad ex novo, con todos sus elementos: la construcción de valores, normas, patrones de comportamiento, prohibiciones, tabúes, mitologías y rituales. En una aislada aldea del siglo XIX rodeada por un bosque, sus moradores viven bajo la prohibición de atravesar ese bosque debido a la existencia de unas criaturas terribles de color rojo.

Desde niños viven ese terror ya que en ocasiones, las criaturas aparecen y atacan el ganado por lo que los habitantes de la aldea se ven obligados a esconderse en los sótanos de las casas. Mas allá de esta circunstancia, la vida de la aldea aparece como idílica. Los ciudadanos consensuan sus decisiones bajo la tutela amable de los padres fundadores de la aldea que presiden el consejo. Los jóvenes crecen, se enamoran y forman nuevas familias, acatando las normas, al menos en apariencia, pero siempre bajo la amenaza constante del terror a las criaturas. Unas criaturas a las que ni siquiera se nombra: “aquellos de los que no hablamos”. Gracias a un hecho fortuito, el espectador descubrirá que la acción transcurre realmente en la actualidad, que la aldea había sido fundada por personas de finales del siglo XX que huían de nuestra sociedad y del miedo y el dolor producido por la muerte violenta de algún ser querido, que las criaturas terribles no existían y que la pervivencia de esa arcadia feliz dependía paradójicamente de mantener un terror lo suficientemente fuerte como para anular la curiosidad natural de los jóvenes. El terror como arma de poder es un asunto antiguo, lo novedoso en las últimas décadas es la forma en que se ejerce. En las dictaduras, el terror puede ser ejercido recurriendo a la violencia explicita pero no así en las sociedades democráticas donde la violencia física queda relegada a solución ultima y en ocasiones, aunque legal, es considerada como no legitima. En las sociedades democráticas el terror se ejerce sobre la población de forma suave bajo la apariencia del consenso y haciendo uso de los tabúes elaborados desde la corrección política de los medios. Hay cuestiones que no pueden ser abordadas, sobre las que no puede haber opinión y si las hay, han de serlo desde una óptica predeterminada que elimina la disidencia. Aquel que osa atravesar el bosque se encuentra con las criaturas terroríficas (el desprestigio social, la descalificación profesional, la exclusión…) que lo devuelven forzosamente a la “placidez” de la aldea. Y esa función la cumplen los medios de comunicación que desde que la Escuela de Frankfurt comprendiera su poder, se han convertido en el más implacable instrumento de control social. A pesar de esto, muchos ciudadanos mantienen en el silencio opiniones y visiones consideradas incorrectas mientras que los políticos, inmersos y participes en parte del entramado, se dejan guiar por la corrección política de los medios creyendo que estos expresan el pensamiento de los ciudadanos cuando en realidad no expresan más que sus propios dogmas. Hablar de inmigración, de discriminación, de religión, del género, de la vida, de la sexualidad, del animalismo, de las culturas, de la genética o del cambio climático, por poner algunos ejemplos, desde la óptica considerada como no correcta resulta una herejía social de la misma forma que ciertas opiniones lo fueron en tiempos de la inquisición católica y protestante o como lo era para los habitantes de la aldea cuando pretendían atravesar el bosque o utilizar el color rojo de aquellos de los que no hablamos.

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