Hace unas semanas participé junto con muchos amigos del Partido Popular durante unos días en una conferencia política que aspiraba a renovar nuestro mensaje de cara a las ya próximas elecciones generales. No quiero hablarles hoy de esos días, ni de sus mensajes, ni de las grandes novedades...ni siquiera deseo hablarles hoy de política-. Hoy quiero hablarles de memoria, de dignidad, de justicia, y sobre todo de verdad.
Al comenzar esas jornadas uno de los comparecientes nos recordó a todos que ese mismo día hacia ya 18 años, un muchacho de 28 años cuyo único delito era ser concejal del PP había sido secuestrado, mantenido en cautividad durante dos días y posteriormente asesinado cobardemente con un tiro en la nuca arrodillado bajo un árbol. Por supuesto que me estoy refiriendo a Miguel Ángel Blanco. Un corto video se encargó de refrescar nuestras imágenes sobre aquellos días, sobre la angustia, sobre el terror, la incredulidad de qué pudiera haber sucedido aquello, sobre la reacción popular posterior....sobre esos impactantes momentos y.... en muchos casos, reconozco que a todos, a mi también, nos hizo derramar alguna lágrima. Aquel año, aquel día fue sin duda un momento especial para todos. Estoy seguro de que muchos de ustedes recuerdan como vivieron esa noticia. Para la lucha antiterrorista aquel sangriento asesinato marcó también un punto de no retorno. Para la unidad del pueblo español ( y sin la adhesión de los partidos nacionalistas ) en el apoyo a la lucha contra la barbarie, aquello supuso el cruce del Rubicón.
Durante muchos años, las víctimas del terrorismo en España vivieron olvidadas y casi en la sombra. Esa oscuridad, ostracismo y soledad no solo procedía de parte de la sociedad. También existía un vacío institucional, legal y judicial en el que apenas existía amparo y consuelo alguno para los que sufrieron el azote terrorista en nuestro país durante muchas décadas.
Pero poco a poco y sobre todo en la década de los 90, y a partir del asesinato de Miguel Ángel las víctimas del terrorismo comenzaron a ver la luz y la legislación empezó a hacerles hueco. Se dieron los primeros pasos para recuperar de alguna forma la dignidad perdida durante muchos años. En un principio, no eran leyes específicas sino que otras leyes recogían algunos puntos dedicados a las víctimas.
Era necesario, ineludible y de justicia el reconocimiento legal de las víctimas del terrorismo y el establecimiento de un marco de indemnizaciones, ayudas, prestaciones, garantías y condecoraciones con la finalidad de reconocer y atenuar, en la medida de lo posible, las consecuencias de la acción terrorista en las víctimas y en sus familias o en las personas que hubieran sufrido daños como consecuencia de la acción de la barbarie.
Mucho hemos avanzado desde entonces. Algunos, los mismos que jaleaban a los asesinos, también los que durante décadas han mirado para otro lado, y también los que cobardemente pensaban que el terror movía el árbol para que otros recogieran las nueces, a medida que se iba constatando la inexorable derrota del terror han ido intentando en los últimos años reescribir la historia. Nos han querido hablar del "conflicto vasco", de la lucha entre bandos, de los muertos en uno y otro lado....No. No. Mil veces no. Debemos ser capaces de contar y reconocer la verdad no solo para honrar a las víctimas inocentes, no solo como un deber de justicia para con los que dieron su vida, sino como un legado permanente e imborrable para con el futuro, para las generaciones venideras, para la Historia. Hemos de escribir en mármol el relato de la verdad para que nadie pueda jamás reescribirlo a su antojo. Contemos que unos fanáticos asesinos decidieron socializar el sufrimiento, ampliar el terror a toda la sociedad española, sin escrúpulos y sin piedad, sin distingos entre niños, mujeres, hombres...sin importar la procedencia, el uniforme o la edad de los muertos. Quisieron y lo hicieron matar indiscriminadamente para extender el miedo a toda la sociedad. Unos pusimos los muertos y otros pusieron el terror asesino. Nunca lo olvidemos.
Es imprescindible mantener los valores de memoria, dignidad, justicia y verdad. Memoria, que salvaguarde y mantenga vivo el reconocimiento social y político. Dignidad, que simbolice en las víctimas la defensa del Estado de Derecho frente a la amenaza terrorista. Justicia, para resarcir a las víctimas, evitar el desamparo y condenar a los terroristas. Y Verdad, para poner de manifiesto la violación de los derechos humanos que supone el terror etarra.
Hace solo unas semanas en los Estados Unidos unos manifestantes portaban en una pancarta "Los muertos no pueden llorar pidiendo justicia, es deber de los vivos hacerlo por ellos". Así es. Qué honda verdad. Aquí, en España, hemos reclamado justicia y hemos dado la batalla valientemente contra el terrorismo durante largas décadas de sufrimiento. Lo hemos hecho por ellos, porque era y es nuestro deber honrar su memoria y tomar su testigo mientras que algunos indeseables sigan gritando infamias tales como "los vuestros en el hoyo y los nuestros en casa», en homenajes a los terroristas que volvían después de cumplir sus condenas a los mismos lugares en que fueron asesinados muchos inocentes.
Durante más de cuarenta años el País Vasco y Navarra han vivido su propia maldición porque ETA, con su modelo de fanatismo nacionalista ha ido intoxicando la percepción del mal y del bien, ha esparcido el miedo y con el oxígeno ambiental de las tibiezas ideológicas de otros nacionalistas vascos hacia los que no pensaban como ellos ha contaminado las conciencias. Muchos aspiran ahora a la impunidad de los etarras en los lugares donde ha echado raíces la subcultura de la violencia y la macabra idea de la tolerancia hacia los asesinatos por razones ideológicas .La pulsión totalitaria del mundo que protege a los etarras no ha desaparecido. Permanece burdamente agazapada esperando su momento.
Sigamos diciéndolo alto y claro.. No es igual el asesino que la víctima, no es igual el acosador que el acosado y no hay espacios neutrales entre el asesino y la víctima. Esa es la verdad. La única verdad. Memoria, dignidad, justicia y verdad. Y nunca habrá impunidad ni descanso para los asesinos.





