Cuando uno tiene un mal sueño abre los ojos sin la garantía de que los precipicios por los que ha rodado esa noche no estén a la mañana siguiente en el pasillo, camino de la cocina. Cuando la pesadilla es tan real que se te pega al cuerpo en forma de sudor y palpitaciones no sabes si las sombras de las que has estado toda la noche intentando huir, sin haber podido mover un solo músculo, las encontrarás en el armario donde guardas la cafetera. Son las secuelas de un mal sueño.
La comunidad educativa de Ceuta ha estado semanas conviviendo con las sombras de la impotencia y los precipicios de la incertidumbre hasta el agotamiento. Jamás antes había habido tanto consenso en la comunidad educativa, nunca habíamos tenido un punto tan común que aglutinara el sentir de todos. Estábamos siendo atacados de una forma tan gratuitamente virulenta que conseguimos sentirnos unidos en la crispación. Sin embargo, el discurso del malestar es tan peligroso como vacuo. Apoyados en el colchón de la queja fue fácil para las autoridades educativas de esta ciudad encontrar un resquicio por el que hacernos débiles: “divide et vinces”. A partir de ahí, el grito unánime, la concordia que se vivió en la plaza al amparo del iluso recuerdo de Chanquete comenzó a resquebrajarse. La situación a la que la administración nos ha arrastrado ha sacado lo peor de muchos: el egoísmo, las envidias, los rencores personales, las cuentas pendientes…hemos vivido de todo, hemos escuchado de todo y como siempre sucede, cuánto mayor es la ignorancia, más vehemente la crítica fácil. La incompetencia es dañina y el daño provoca sentimientos oscuros. Nos enfrentaron, nos pusieron cara a cara, un reparto y la humillación pública fueron sus armas y nosotros picamos el anzuelo y mordimos el polvo.
A las personas que ostentaron la responsabilidad de la gestión educativa en nuestra ciudad no les perdono el desasosiego, no les perdono la incertidumbre, no les perdono las lágrimas de nuestros alumnos, no les perdono el menosprecio ni la afrenta recibida. Son responsables de la desilusión de profesionales que en sus equipos directivos luchaban duro por impulsar sus centros, son responsables de la desgana de unos claustros que ahora no se sienten representados, son responsables de la implantación de sus medidas sin diálogo. No les perdonaré, si sucediera, que este mal hacer nos pueda derivar a todos a la apatía y nos estanque en la secuela de la mediocridad.
Sin embargo, atacar desmedidamente a los que estuvieron y provocaron todo este daño no tiene mérito alguno. Ensartar un rosario de insultos contra los gestores de nuestra pesadilla es un ejercicio tan básico como inútil si no nos lleva a una reflexión colectiva. Nosotros, el colectivo docente, ese que aboga por el espíritu crítico, por el diálogo entre sus alumnos, bien deberíamos dedicar un solo minuto de forma individual a analizar nuestro comportamiento ¿Hemos estado a la altura de las circunstancias? ¿Qué hemos hecho cada cuál por amortiguar el ataque? ¿Hemos comprendido que cualquier golpe a la educación pública nos afecta a todos? ¿Hemos asimilado, por fin, que el individualismo nos debilita? ¿Que todo es de todos? No lo sé, me he sentido por momentos orgullosa y desalentada de ser docente. Lo sucedido ha sido tan grave que aceptar la LOMCE ahora nos parece un mal menor. Es para pensárselo dos veces ¿no creen?
Ahora toca poner la cafetera, ver que los fantasmas ya se han ido y esperar que bajen las palpitaciones. Mientras nos tomamos ese café quizás suene de fondo la sintonía del “no nos moverán” y sintamos que debemos ponernos a trabajar todos juntos. Yo sólo quiero que me devuelvan las ganas.





