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La dama de la capa negra

Por Redacción
25/04/2015 - 18:39

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Tiempo llevaba detrás de aquella mujer a la que seguía sin habérmelo propuesto y  sin que me interesara lo más mínimo ir pisándole los talones. La casualidad,  la coincidencia, o el destino me la habían puesto delante.
Aquella mujer, de la que solamente veía de espaldas, y que iba envuelta en una capa negra desde el cuello a los pies. Lo mismo que negro era el velo que le cubría la cabeza y le ocultaba el pelo y no sabía si también el rostro, pues no se había vuelto hacia mí ni una sola vez.

Por lo tanto ignoraba si era joven o vieja, guapa o fea, o cómo sería aquella dama enlutada igual que una recién viuda  de las antiguas. De las que ya solamente se veían en fotografías de aquellos lejanos tiempos .
 Pero cierta curiosidad sí empezaba ya a sentir hacia ella desde que coincidiera primero en la cola de la ventanilla de los billetes del aeropuerto y después en la cola para entrar en el avión, ella siempre delante, yo siempre detrás.
El porte de aquella dama vestida totalmente de negro, era imponente, majestuoso. Parecía una reina y se movía como tal: lenta, pero con seguridad y distinción.
Y a mí cada vez me iba intrigando más aquella mujer. ¿Acaso joven? ¿Acaso vieja?  ¿Quizá guapa, tal vez fea…?    
Continuaba sin descubrirlo, pero sabiendo que de un momento a otro lo tendría que descubrir. Ella alguna vez tendría que volver la cabeza o volver todo el cuerpo, no me cabía ninguna duda.
Cuando me tocó entrar en el avión, advertí con sorpresa y no poca satisfacción, que ella ocupaba el asiento al lado del mío, y por lo tanto compartiríamos ambos aquel sitio durante las dos horas largas que durase el viaje. Y me alegré.
Ella, sentada junto a la ventanilla, miraba como muy fija, muy tiesa y muy quieta el aeropuerto, la pista y a la gente  que en fila iba entrando en el avión.
Yo tomé asiento a su lado, pero no quise molestarla con un saludo, y esperé. Esperé que en cualquier instante ella se volviera hacia mí y pudiera verle la cara aunque fuese a través del  velo que se la ocultaba, tan negro y tupido como igualmente lo eran los guantes que ocultaban sus manos que tenía sobre su regazo, medio escondidas entre los pliegues de su capa negra.
Al poco el avión despegó, empezando a separarse del suelo, de la pista, y a elevarse lentamente, surcando el aire y dejando atrás el aeropuerto y la tierra.
Pero tampoco entonces ella dejó de mirar ni un instante hacia afuera, en una actitud estática y como si no le interesara lo más mínimo lo que le rodeaba dentro del avión.
Como permanecía igual,  imperturbable y sin moverse, quieta como una estatua, yo pensé si se habría dormido. Si estaría dormida todo el rato, todo el tiempo. Y pensándolo, pensándolo, me entró sueño también a mí, adormilándome primero, para quedarme  profundamente dormido después.
Cuando de pronto me desperté, algo sobresaltado y un poco violento y avergonzado, no sabiendo el tiempo que habría transcurrido, aún seguíamos volando, pero ella, la dama de la capa negra, no estaba a mi lado.  Así que ha pasado delante de mí, que hasta habrá rozado mis piernas y ni siquiera me he enterado ni me he despertado… pensé con asombro.  Profundo y pesado sueño, me dije también.                                                                                                                                         
Me incorporé seguidamente porque oí como un murmullo a mis espaldas y cierto movimiento en el pasillo del avión. Me levanté y fui hacia donde un grupo de personas,  entre viajeros y azafatas, se arremolinaban alrededor de algo o alguien que debía estar en el suelo.
Hasta los viajeros que permanecían sentados en sus sitios tenían sus cabezas vueltas y mirando hacia aquel lugar.
Pensé inmediatamente en mi compañera de viaje. En la dama enlutada que no estaba entre el grupo de personas que se hallaban de pie.
Pero no, no se trataba de ella ni la vi tampoco por ninguna parte. Era un anciano, me dijeron,  y estaba muerto.
-Pero, ¿qué le ha pasado…? ¿Cómo ha sido…? – pregunté queriendo enterarme.
   Pero nadie sabía nada de cierto. Sólo que el anciano iba por el pasillo tambaleándose, y de pronto se cayó desplomado. Habían acudido enseguida en su auxilio pero no pudieron hacer nada ya por él. Había caído fulminado.
Busqué de nuevo a mi vecina de viaje con la vista y la cabeza vuelta en todas las  direcciones, pero no logré verla.  
Pregunté entonces por ella a los presentes, pero tampoco supieron darme razón. Nadie.  Es más, me miraron con extrañeza y todos respondieron lo mismo: No la habían visto. Ni ahora ni durante el viaje.
- ¡Pero si ha estado todo el rato a mi lado…! – exclamé. Bueno, todo el rato hasta que me dormí, y fue pronto, y ya no supe más de ella.
 Como me seguían mirando con bastante extrañeza, yo describí cómo era aquella mujer. Mejor dicho como iba vestida, porque como era, como era, yo no lo sabía en realidad.  No la había visto ni un minuto siquiera.
Todos se miraron entre sí con gestos significativos y seguro que pensando lo mismo: Que estaban ante un chalado o que tal vez lo había soñado. ¿No acababa de despertarme…?
Un hombre de los del grupo que rodeaban al anciano muerto, esbozó una sonrisa  irónica, y queriéndose hacer el gracioso, tal vez, dijo:
- Vamos, disfrazada de la Parca, ¿no?
Y yo sentí un repentino escalofrío recorrerme la espalda y el cuerpo entero. Los demás no sé qué sentirían… Porque yo la había visto. Claro que la había visto, y había estado sentada a mi lado, sentada junto a mí. Rozándome su capa mi cuerpo…
Y ya no tuve duda quién era la Dama de la Capa Negra…¡ De lo que me había librado…! pensé con horror. Pero también pensé que seguramente no sería  mi día. El día predestinado, el día que está escrito desde que nacemos.
O, acaso, se me ocurrió también pensar,  sintió pena al verme tan joven, dieciocho años no más, y tan profundamente dormido como un niño a su lado….Y entonces tuvo compasión de mí….Gracias, Dama de la Capa Negra.

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