Si en vez de periodista hubiera elegido ser guardia civil, hoy por hoy, les confieso, estaría desconcertada. Si ya de por sí impedir la entrada a una persona que solo busca una oportunidad debe suponer una auténtica crisis existencial (al menos para los que tienen corazón, que son muchos), enfrentarse a esta tarea obligada en un ambiente de choque de criterios en el que nada queda claro, se convierte en una tortura.
El auto dictado por el juzgado de instrucción número 2 de Melilla sentará un antes y un después en toda esta historia. Después de que un magistrado de la ciudad hermana considere que es ilegal el rechazo de inmigrantes entre vallas y todo un ministro de Interior insista en lo contrario, en que el protocolo existente es el que vale, me dirán ustedes cómo se tiene que encontrar ese hombre o esa mujer a los que le encomiendan la vigilancia del vallado. ¿A quién hacen caso?, ¿a un protocolo que ha sido puesto en cuarentena por un juez?, ¿por qué ese magistrado decide llamar a declarar como imputado al jefe de la Comandancia y no al ministro de Interior, por ejemplo? Si somos sensatos y tiramos del hilo, habría que llegar hasta la cabeza pensante que avala, mantiene y defiende las órdenes que luego se encargan de ejecutar las extremidades. Pero eso no pasa. Y eso es lo realmente mosqueante.
Hay informes escritos por juristas de peso que, de siempre, han llevado la contraria a las órdenes establecidas por Interior. De igual manera han denunciado la pasividad de la Fiscalía General del Estado en torno a las denuncias presentadas por oenegés. Pero nadie lleva sus argumentaciones al extremo que realmente interesa a un agente de la Guardia Civil: que le digan qué debe hacer y qué no, para que luego, si hay acciones judiciales, se sienten en el banquillo quienes ordenan esas directrices y no los que están a pie de calle.
Y en Ceuta sabemos mucho de eso. No queda tan lejos el caso ‘Sonko’ ni tampoco las órdenes dadas a finales de los años 90 en donde la valla virtual, ésa que solo ve el ministro Fernández Díaz, había quien la situaba a las puertas de la iglesia de África. ¿Quién respondía de las acciones? De hacerlo, los guardias. A buen seguro que quien daba las órdenes nunca se iba a ver salpicado.
La claridad de conceptos debe ser clave en hechos de tanta relevancia como la contención de inmigrantes. Hoy, asombrosamente, no lo es y asistimos a la situación esperpéntica de un ministro y un juez con criterios distintos mientras los guardias, en medio, ven pasar la pelota. Lo malo es que les pase lo que a Casillas. Y ya han visto la pitada.





