En el año 2000, con treinta tacos, me hallo por Ceuta intentando meter la cabeza en algún lado. Con esquizofrenia, y a la hora de no haber culminado mis estudios de Ciencias de la Información, mi empleabilidad es nula y mi curriculum vitae es kafkiano.
Así se lo hago ver al técnico ocupacional del Imserso, Miguel Ángel López: dos meses de repartidor en Telepizza, un mes en Fosters Hollywood, un verano recogiendo bandejas en el autoservicio del parque acuático de Madrid, quince días de cocinero de un bingo, y varias llamadas para montaje y desmontaje de estructuras. (Aunque algo relacionado con mi oficio: tres meses de reportero becario en Antena Tres TV).
Con este panorama, que te llamen en Ceuta para un trabajo es milagroso, pero lo cierto es que se organizan cursos formativos, y así, Miguel (que al ser Ceuta pequeña es también mi compañero de entrenamientos en el tenis de mesa), me ofrece hacer unos módulos de iniciación a la informática. Algo temeroso, acepté, porque ya tocaba. Con treinta tacos era analfabeto tecnológico. Eran tres módulos generosos; de seis meses cada uno; en la Academia Ecos. Y además, te recompensaban con 200 ?. Lo justo para el trasporte y un suculento desayuno a media mañana, consistente en café y croissant plancha y un zumo natural de naranjas.
El curso venía bien por el aprendizaje del “office”, pero también para foguearte en la comunicación interpersonal. Las doce personas que allí estábamos hicimos amistad. Xuxa, Esperanza, Damián, Raquel, Ismael, Abselam…, siempre dirigidos por una joven y eficiente Sandra (menudo carácter).
Ha pasado el tiempo, y ahora, cada vez que nos vemos nos cruzamos noticias y buenos deseos. Hay que ver cómo avanza la vida en cada uno de nosotros.
El caso es que el otro día, yendo de un lado para otro, a la altura del Charlotte del paseo de las palmeras, me cruzo con Abselam, al que no veía ha. “Es el mismo de siempre”, pensé. La honestidad de su sonrisa escondía algo de amargura (“sonrisa eterna”, diría alguno).
Nos miramos, y sin más preámbulo, me habló: “Basilio, tú que escribes en el Faro, dile al Gobierno que las personas con discapacidad tenemos derecho a una vivienda y a un trabajo digno”. Sin palabras. Quizá él no lo sabe, pero estuve a un punto de desmayarme al contemplar tanta belleza.
Lejos de achantarme, gravé sus palabras a fuego y proseguí. Pensativo y cabizbajo avancé por el paseo, hasta que una voz distrajo mi atención. La voz provenía del busto de Platón: “Basilio, sé lo que estás pensando”.
–“¿El qué, maestro?”, respondí.
–“Piensas que la Constitución Española es tierra baldía, pero no por serlo, sino al serlo”.
–“Me conoces bien, maestro”.
– “Son años de plata ya que nos sabemos. Recuerda el examen de selectividad”, Platón me invitó al recuerdo.
– “Es verdad, me tocó hablar del mundo de las ideas, y también del empirismo de Hume…”
–“Menudo escocés”, subrayó Platón.
Algo aturdido volví a la realidad, y recordé la súplica de Abselam. Así, que haciendo una genuflexión, me postré ante el altar de Platón, y juré: “Juro ante la piedra gris que muestra su filosofía, y lo hago decidido, sin luces disfrazadas ni espíritu fingido. Juro que elevaré al Gobierno la súplica de Abselam”.





