• Contacto
  • Horarios de Barcos by Kikoto
  • Vuelos
  • Sorteo Cruz Roja
  • COPE Ceuta
  • Portal del suscriptor
sábado 4 de julio de 2026   
El Faro de Ceuta
  • Sociedad
  • Sucesos
  • Frontera
  • Justicia
  • Política
  • Cultura
  • Educación
  • Deportes
  • Marruecos
  • Opinión
No Result
View All Result
  • Sociedad
  • Sucesos
  • Frontera
  • Justicia
  • Política
  • Cultura
  • Educación
  • Deportes
  • Marruecos
  • Opinión
No Result
View All Result
El Faro de Ceuta
No Result
View All Result

Muñeca rota

Por Redacción
23/12/2013 - 22:04

Compartir en WhatsappCompartir en Facebook

C uando yo nací, cuando yo llegué al mundo, en mi familia, en mi casa, ya había cuatro niños en ella: Germana y Alberto, hijos de mi padre y de su primera esposa que murió al dar a luz a Alberto; y Virginia y Mateo, hijos ya del matrimonio formado por mis padres. Y llegué yo entonces y fui como un juguete para mis hermanos. Me cogían en brazos, me soltaban, me izaban por los aires, me volteaban; me disfrazaban de cualquier cosa, y jugaban conmigo como si fuese una muñeca. Y eso fui los primeros tiempos para ellos: una muñeca que les hubieran regalado. Y yo me dejaba hacer toda clase de perrerías  sin protestar nunca, sin llorar, sonriendo siempre porque era, según decían, la niña más tranquila y de mejor carácter que había en el mundo. Y la más  feliz. Pero eso fueron  los primeros años.
Era, como soy ahora, muy blanca, muy gordita, muy rubia. (Ahora ya no soy rubia, pero se nota aún que en tiempos lo fui). Era, lo decían todos, una preciosidad. Y en verdad  que lo debía ser porque ahí  están todavía rodando por cajas y cajones  las viejas fotografías coloreadas y bastante amarillentas ya, que lo atestiguan. Sobre todo aquella primera que me hicieron a los pocos meses de nacer y en la que aparezco con mis ojos muy azules, muy grandes y abiertos, mirando no sé que miraría, muy fija; la boca muy pequeña y redonda, la nariz también muy pequeñita, y casi desnudita pues sólo llevaba una ligera camisita con bordados y encajes y que apenas si me cubría nada.
Vivíamos aquí, en esta misma casa donde hemos vivido siempre y cuyo edificio, entero, pertenece a mi madre, heredado de sus padres. Un edificio elegante y señorial enclavado en una de las principales calles de la ciudad, en el que en la planta baja que da a la calle hay ahora un Banco y anteriormente comercios; en el primer piso dos viviendas habitadas por antiguos inquilinos que aquí han vivido toda la vida; y en el segundo, el más bonito y más grande, nosotros, nuestra familia.  Tan grande es y tiene tantas habitaciones que cada uno de mis hermanos tenía la suya propia, durmiendo   solos desde muy pequeños. Yo no,  yo no llegué a tener nunca  un cuarto para mí sola. Ni ahora que duermo con mamá. Al principio dormí en una cuna en el mismo dormitorio de mis padres, y después, cuando me destetaron seguramente, pasé a la habitación de Germana que, por ser la mayor, (aunque era una niña todavía) fue la encargada de cuidarme y encargarse de mí  como si fuese mi niñera. Y tan era así, que dejó de ir al colegio y la pusieron una profesora que venía a casa a darle clases durante dos horas todos los días. Y eso desde el momento que mamá se incorporara después de mi nacimiento al bufete de abogados donde trabajaba.
Teníamos  una criada. En aquel tiempo una muchacha que había venido de un pueblo cercano, pero que como había tantísima faena qué hacer en la casa, no daba abasto para todo. Todo el día se lo pasaba lavando, planchando, haciendo la comida, fregando y limpiando la casa. Mamá poco o nada podía hacer en ella. Sólo ordenar a la muchacha lo que tenía que hacer. Y únicamente los sábados y domingos se dedicaba a nosotros sacándonos de paseo o llevándonos al parque.
Los demás días los pasábamos jugando y corriendo en la amplia azotea que corona la casa, bien cuando volvían del colegio mis hermanos, o bien en vacaciones que allí pasábamos todo el día. En verano al sol y al aire, y en invierno resguardándonos del frío y de la lluvia y de los vientos que soplan allí arriba, metidos entonces en una especie de cobertizo techado y acristalado que había y todavía hay en la misma azotea, aunque ahora tenga, creo, la mayor parte de los cristales rotos. Allí  era donde guardábamos los cajones con nuestros juguetes, nuestros cacharritos y nuestros muñecos. No sé si existirá todavía algo de aquello o lo habrán tirado. No lo he preguntado nunca. Yo recuerdo aún algo de aquel tiempo, aunque cada vez lo tengo más lejano y borroso en la memoria. Pero lo que si tengo como clavado en mi cabeza y que lo veo como si lo estuviera viendo o viviendo hoy, ahora mismo  , es lo que me ocurrió cuando  tenía algo más de cuatro años. Aunque no sé si realmente me acuerdo por haberlo vivido o solamente  por haberlo escuchado, por haberlo oído contar  y que se me representa como debió ser, como tuvo que ser. Como sucedió seguramente.
Lo cierto es que estábamos  los cinco hermanos jugando en la azotea como siempre, y  como siempre yo bajo la tutela de mi hermana Germana. Pero a mi hermana Germana, que era una niña también, le gustaba por lo tanto jugar y correr junto a todos nosotros. Aquel día jugando, jugando, se descuidó un tanto de mí, y  yo, aunque era una niña buena y obediente, aproveché ese descuido para acercar un banquito que había por allí a la baranda de la azotea, subirme a él, para ver la calle seguramente, pero me debí aupar tanto, debí sacar tanto el cuerpo, que éste se me fue, precipitándome de cabeza a la calle.
Me contaron que mis cuatro hermanos empezaron a dar gritos desesperados cuando se percataron de lo que acababa de ocurrir, queriéndose arrojar tras de mí los cuatro para cogerme por el aire. Menos mal que no lo hicieron, porque con una que volara por el espacio y cayera abajo fue más que suficiente. No llegué a dar en el asfalto,  porque  di con mi cuerpo en el capó de   un coche  que estaba aparcado junto a la acera, y algo amortiguaría el golpe, salvándome quizá la vida. Ni una herida en la cabeza me hice, ni un brazo ni una pierna me rompí. Pero, ay, la espalda se me tronchó como se troncha la rama tierna de un árbol joven, y así quedé: con el cuerpo  roto por la mitad y sentada en una silla de ruedas ya de por vida.
Mucho tiempo estuve internada en un hospital, sola, rodeada únicamente de niños enfermos o heridos como yo, y entreteniendo aquellos largos, aburridos y tristes días, con los juguetes y libros de cuentos que mis padres y hermanos me llevaban cada vez que iban a verme. Hasta que un día, al cabo de muchos meses,  me dieron el alta y pude regresar a casa, aunque ya nada fue igual. No, nunca  nada volvió a ser igual. Yo atada ya para siempre a aquella silla que mis hermanos empujaban llevándome por toda la casa, menos a la azotea. A la azotea nunca más volví. Ni en brazos. Nunca lo pedí ni nunca me lo propusieron.
Fue a partir de mi regreso a casa cuando advertí las desavenencias que habían empezado a surgir  entre mis padres. Papá reprochaba a mamá lo poco que se ocupaba de nosotros, lo desatendidos que habíamos estado siempre, y que por qué tenía que trabajar fuera de casa, cuando allí, dentro de ella, había  trabajo de sobra que hacer.  Y sobre todo, cuando él ganaba más que suficiente para mantener a la familia, la casa y vivir muy bien. ¿Por qué, por qué tenía que trabajar fuera de casa y dejar abandonados a sus hijos y que se criaran tan solos…?
Mamá le replicaba,  gritando, que trabajaba porque quería, porque le daba la gana y porque para eso había estudiado una carrera y no para quedarse en casa cuidando de ella como si fuese una simple chacha.  Y añadía, echándoselo en cara, que también él podía ocuparse un poco más de nosotros, que ni a paseo nos llevaba siquiera.
Y esos gritos, esas recriminaciones por ambos lados, empezaron a oírse continuamente por la casa que  se convirtió desde entonces en un campo de batalla verbal. Y nosotros nos teníamos que tapar los oídos con las manos, porque no los queríamos oír, sintiéndonos a la par muy tristes y con ganas de llorar. Ganas que no siempre podíamos contener,  echándonos a llorar la mayoría de las veces, muy quedito,  con lágrimas silenciosas  que nos salían del  corazón a los cinco y nos corrían por las mejillas. Lo mismo a Germana que a mí, a  Virginia y a los otros… Hasta que un día papá, harto ya de aquella situación, decidió que lo mejor era separarse.  Y así lo hizo. Cogió a sus dos hijos mayores, cogió todas sus cosas, y abandonó la casa para siempre. Mamá dejó de trabajar por algún tiempo  para reorganizar un poco su vida y dedicarse un poco más a nosotros y sobre todo a mí.  Siempre teníamos criada, no ya aquella del pueblo que un día cansada de tanto trabajar se marchó, pero si otras que la reemplazaron y  que al cabo de cierto tiempo también nos abandonaban.
Recuerdo que todos los  hermanos sufrimos mucho con la separación de nuestros padres, pero muchísimo más con la marcha de nuestros dos hermanos, Germana y Alberto,  que se nos habían ido de nuestro lado. También ellos sufrieron  por haberse tenido que marchar.  Por eso cuando papá obtuvo el divorcio de mamá y al poco   se casaba con otra mujer, Germana y Alberto quisieron regresar  a nuestra casa y papá se lo permitió, proporcionándonos una gran alegría a todos con su regreso. Y  fue en verdad un acierto, pues papá murió poco tiempo después y no sé qué hubiera sido de mis hermanos viviendo lejos de nosotros, en una casa desconocida y con una señora también desconocida a la que no les dio tiempo  a querer.
Jamás mamá ni papá, ni nadie, reprochó a Germana que por  un descuido suyo me ocurriera lo que me ocurrió, pero Germana tal vez sí   se lo reprochara a sí misma en su interior, y  eso la hizo renunciar a estudiar una carrera como todos los hermanos hicieron, para poder ocuparse y dedicarse totalmente a mí y consagrarme su vida. Se lo agradecí, se lo he agradecido siempre, porque gracias a ella nunca estuve sola por aquellos años, ni nunca me sentí sola y mi vida fue agradable y tranquila a pesar de todas mis limitaciones. Pero por desgracia la vida de Germana fue muy corta. Murió antes de cumplir los treinta años. Una corta e inopinada enfermedad se la llevó en muy pocos meses, arrancándola de nuestro lado. Siempre recordaré a Germana. Siempre estará en mi memoria…. mientras tenga memoria.
Fue poco después de que volvieran Germana y Alberto a nuestra casa, cuando mamá se incorporó de nuevo a su trabajo  y no tardó en encontrar un nuevo marido. Un compañero de bufete al que nosotros ya conocíamos porque venía a visitarnos con frecuencia y hasta nos llevaba de paseo en su coche, y hasta a hacer algún corto viaje nos llevó. De aquel matrimonio  nació un nuevo hermano. Un hermano que me conoció siempre sentada en una silla de ruedas,  junto al mirador del cuarto de estar, y que me miraba con ojitos muy tristes y como llenos de extrañeza.
–¿Por qué no te levantas y andas? ¿Por qué no te pones de pie…? – me  preguntaba cuando  empezó a hablar y a andar y se pasaba el día a mi lado y a mi alrededor y siempre mirándome muy fijo.
–Porque no puedo, cariño – le respondía yo –. Porque tengo la espalda enferma, sol mío…
Y él me escuchaba muy serio y se callaba, mirándome, mirándome siempre con su mirada triste y sin querer  apartarse de mí ni un momento. Tal vez porque yo era la más cercana a él, porque los dos éramos los más desvalidos, los más indefensos y los más necesitados de ayuda de toda la familia.  O, quizá también,  porque yo era la que más caso le hacía, la única que le contaba cuentos,  historias  que habían sucedido o que me inventaba para él y que él escuchaba muy atento, con los ojos muy abiertos y la boca ligeramente abierta también.
Cuando al cabo de unos pocos años llegó también la separación de mi madre y su padre,  tras cinco años de matrimonio, él se quedó en casa, como es natural, con todos nosotros. Todos ellos, todos mis hermanos, menos yo, por vacaciones se iban a pasar unos días con sus respectivos padres, pero siempre deseando volver porque echaban de menos nuestra casa, a mamá que les permitía todo, y a sus hermanos y sobre todo a mí. Poco a poco, o a veces demasiado deprisa, ha ido pasando el tiempo y todos nos fuimos haciendo mayores. Yo la que menos,  que me he quedado casi en una niña. La niña toda blanca, pequeña y gordezuela que era la muñeca de mis hermanos. (Vaya muñeca que se rompió tan pronto, como se rompe una muñeca de china).  
Todos mis hermanos han  estudiado carreras, menos Germana y yo. Germana sólo estudió lo indispensable, y yo sólo lo justo para saber leer, que leo mucho, constantemente, y para aprender a escribir, que escribo mucho también, continuamente, estas historias que empecé a inventar para contárselas a mi hermano pequeño y que después, cuando él se hizo mayor y dejé de contárselas a él, seguí imaginándolas, seguí urdiéndolas en mi cabeza, y  un día empecé a escribirlas, y  que son entre historias verdaderas y sueños que me nacen y me brotan de la imaginación y que me ayudan a no aburrirme nunca, a estar siempre ocupada maquinando en mi interior, y que me hacen pensar también que la vida, después de todo, no es tan horrible.
Todos mis hermanos, poco a poco, se han ido marchando de casa. Casándose unos, independizándose otros. Al final sólo hemos quedado en la casa, mamá y yo. Mamá ya está muy mayor, muy viejita,  y la tienen que cuidar como me cuidan a mí. Las dos mutuamente nos  hacemos compañía, ella sentada en un sillón de orejas frente  a mi silla de ruedas,  en la galería, mirando ambas de vez en cuando hacia  afuera, hacia los altos edificios que nos rodean, dejando muy pequeña nuestra casa, o mirando para arriba, hacia el pedazo de cielo que todavía se divisa entre ellos.
Hace unos años que mi madre empezó a perder la memoria  y    ha llegado ya a no acordarse de nada.   Apenas  si le queda algún recuerdo.   Yo, en cambio, me aferro a ellos, a los recuerdos, que es lo único que tengo y que me ata a la vida, a mi vida. Y por eso me resisto a que se me borren de la cabeza y me paso el día recordando. E intentando también que mi madre recuerde, le hablo entonces de sus hijos, de sus hijastros, que la quisieron mucho, y hasta de los nietos,  que ya tiene unos cuantos. Pero no puede recordar. Es como si todo el pasado, lo vivido, se le hubiera borrado de la mente, hubiera huido de su cabeza o no hubiera existido jamás.
–¿Pero es verdad que yo tengo otros hijos? – me pregunta con expresión de auténtica extrañeza–. ¿Que yo tengo nietos…?
Y a veces hasta:
–¿Pero es verdad que tú eres hija mía…?
–Sí, mamá– le contesto– . Yo soy hija tuya. Pero tienes más hijos  que te quieren y se acuerdan de ti… Y nietos, niños como fuimos nosotros, pero que también se van haciendo mayores…
Y me pongo  a contarle entonces cosas de ellos, de todos; de nuestra infancia, de nuestra vida familiar cuando llenábamos la casa, tan grande, y ahora tan vacía… De la vida que he visto transcurrir sentada aquí, en mi silla de ruedas…A veces la miento, porque en verdad mis hermanos  no vienen mucho a visitarnos, nos tienen un poco olvidadas.  Pero cuando vienen, muy de tarde en tarde, ella, mi madre, los mira extrañada y me pregunta que quienes son. Pero por mucho que yo le hable de ellos y de la vida aquella que vivimos ayer y que tan pronto pasó, tan rápida se fue, no logro que ella recuerde nada. Yo, sin embargo, todavía tengo fijas en la memoria muchas cosas de nuestro pasado. Cosas buenas y cosas malas. He visto pasar tantas cosas a mi alrededor. …
Pero he de reconocer también que cada vez tengo que hacer más esfuerzos para recordar, que cada vez me acuerdo menos de todos mis hermanos y que poco a poco, irremediablemente, también yo estoy empezando a olvidar.
Y lo he comprobado hoy mismo, cuando nos ha llegado la noticia de la muerte de Juan. Mamá ha recibido la noticia quedándose  completamente  impasible, indiferente, como si nada le dijera ese nombre o como si nunca lo hubiese oído.  
Y yo, tengo que admitirlo, tampoco me acuerdo  mucho de Juan. No tengo muy clara su imagen de niño  ni de hombre, y no sé exactamente si era el hijo de mi padre y de su primera esposa, o era hijo de mi madre y mi padre. O era, acaso, el que nació del matrimonio de mi madre y el abogado. No lo recuerdo bien.         
¿Juan, Juanito …? Ah, sí, ya caigo, me ha venido de pronto, como un chispazo, era el pequeñín al que yo le contaba cuentos e historias y él me escuchaba embelesado. Qué lástima de Juanito, si es él, pienso. Pero cuánto tiempo hacía que no venía….Años enteros. No obstante, como no estoy muy segura, cuando venga alguno a vernos, si viene, se lo he de preguntar. Si me acuerdo, claro…

Related Posts

aula-vacia-colegio

¿Estudias Magisterio en Málaga? Podrás hacer las prácticas en los colegios de Ceuta

hace 32 minutos
abierta-investigacion-muerte-legionario-kevin-parra-ceuta

La muerte del legionario Kevin Parra Mejía, ya judicializada

hace 2 horas
operacion-policia-nacional-registro-sardinero-001

El calvario de un guardia civil: 1 año y 7 meses para demostrar su inocencia, ahora reclama justicia

hace 2 horas
ecologistas-accion-coloca-banderas-negras-ceuta-1-1416x1060

Banderas Negras 2026

hace 5 horas
fallece-profesora-maria-rosario-moya-ramirez

Fallece la profesora María del Rosario Moya Ramírez

hace 5 horas
sabado-4-julio-2026

Sábado 4 de julio de 2026

hace 6 horas
  • Grupo Faro
  • Publicidad
  • Contacto
  • Aviso legal – Protección de datos
  • Política de cookies
  • Política de privacidad
  • Política editorial
  • Términos de uso

Grupo Faro © 2023

No Result
View All Result
  • Sociedad
  • Sucesos
  • Frontera
  • Justicia
  • Política
  • Cultura
  • Educación
  • Deportes
  • Marruecos
  • Opinión
  • Horarios de barcos by Kikoto

Grupo Faro © 2023

No Result
View All Result
  • Sociedad
  • Sucesos
  • Frontera
  • Justicia
  • Política
  • Cultura
  • Educación
  • Deportes
  • Marruecos
  • Opinión
  • Horarios de barcos by Kikoto

Grupo Faro © 2023