En medio de tanto suceso alarmante y despropósito superlativo con que desayunamos cada día, y en un país como el nuestro, en el que parece que el malestar se haya implantado como única forma de rutina, a menudo, como lector, resulta un ejercicio reconfortante e incluso una cuestión de pura salud mental, el sumergirse en relatos que nos inoculen mensajes de optimismo, textos que sean algo radicalmente distinto a lo que nos plantea diariamente el tremendismo apocalíptico de la televisión y la prensa, algo fuera del exhibicionismo gratuito de la violencia que nos asedia, libros que no cedan tampoco a las modas literarias y se muestren sin complejos y sin más pretensiones que su grata lectura, pero que al mismo tiempo, te inciten a reflexionar.
Y eso es precisamente lo que pudimos encontrar los miembros del Club de Lectura de la Biblioteca Pública de Ceuta en la obra del escritor y profesor de la Universidad de Granada Antonio Luis García, Adagio en Granada (Ed. Natívola). Para dialogar y contrastar opiniones sobre ella, nos reunimos el pasado jueves, contando con la inestimable presencia del propio autor, que nos ayudó a adentrarnos en los pormenores y a ahondar en los diversos aspectos de su novela.
A pesar de ser la primera novela de Antonio Luis García (Noalejo, Jaén, 1949), no es su primera obra, ya que el que fuera vicedecano de la Facultad de Ciencias de la Educación de Granada, tiene a sus espaldas más de un centenar de publicaciones científicas. Él mismo definió su libro como una ficción que camina entre el ensayo y la novela, y quizás sea eso lo primero que se percibe si se hace una liviana lectura de la obra. Tal vez, esa impresión se vea favorecida por su estilo sobrio y elegante, plagado de citas de autores y pensadores como Tagore, Einstein, Kant, Machado, etc. Su prosa, muestra una absoluta erudición, pero trasciende al lector de un modo muy natural y nada empalagoso, a través de la cual, el autor va urdiendo una historia sencilla y que rezuma optimismo por los cuatro costados, guiándonos por una Granada contemporánea y algunos de sus rincones más singulares, con la música como hilo conductor.
Pero si el lector araña un poco más la superficie, lo que descubre es algo en lo que coincidimos algunos de los miembros del Club; Adagio en Granada, por encima de las etiquetas y las denominaciones, es una formidable novela en la que se vislumbra la formación humanística y la vocación pedagógica del autor, que plantea la vuelta a unos valores y pensamientos como son la educación, la prudencia, la disciplina, la generosidad, el esfuerzo, el respeto, la lealtad y tantos otros que actualmente parecen estar en verdadero peligro de extinción. Es, asimismo, una particular crónica de lo que el autor denomina la generación puente, personas nacidas entre 1945 y 1955 y que “[…] no han vivido ninguna guerra, ni grandes catástrofes, ni grandes carencias, pero sí constituyen la generación que más cambios cualitativos vivió y sigue viviendo […]”. En ella se narra la vida cotidiana de un grupo de amigos, que se conocieron en los años sesenta mientras estudiaban en la Universidad, y en la que el autor hábilmente nos hace cómplices de sus sentimientos, de sus vínculos personales y de la curiosa historia de amor que vive uno de ellos y que toma un sorprendente desenlace.
Pero estos personajes, son verdaderamente un subterfugio para hablarnos de una generación concreta, de un modo determinado de ver la vida; una excusa para poner en boca de sus protagonistas multitud de reflexiones sobre las relaciones interpersonales, sobre la familia, la fe en la amistad, la ética, la creatividad…, y a través de sus voces nos hace ver la imperiosa necesidad de que la gente se entienda, de que brote de una vez por todas una mayor comunicación entre todos, y pueda constituir ésta la principal característica que defina al ser humano, quizás como último clavo al que agarrarse en medio de una época como la actual, con una más que evidente crisis espiritual y de valores.
Y en ese punto no pudimos más que darle la razón. Oímos a menudo decir hasta el hartazgo que vivimos en la sociedad del conocimiento, de la información, de la comunicación. Pero lo cierto es que si observamos con cierta perspicacia a nuestro alrededor, no tardaremos en comprobar que donde realmente vivimos es en una sociedad que tiene un escaso conocimiento de lo que verdaderamente ocurre, que está sesgadamente informada y peor comunicada.
Como él mismo nos confesó, Antonio Luis García, pretendía con esta novela mostrar su apuesta por una visión más esperanzadora del mundo, su confianza en el futuro y sobre todo, en la gente joven, asegurando que en estos tiempos pueden ser muy estimulantes si aprendemos definitivamente de los errores y valoramos lo que tenemos, en vez de perdernos en el afán de lo que nos falta.
Qué duda cabe que la literatura como tal siempre es un artificio, un destilado de la realidad en la que el autor, en ocasiones, tiene la formidable bondad de ahorrarnos lo que ya padecemos en nuestra vida cotidiana. Y si además lo hace con propuestas tan coherentes y vitales como las reflexiones que inspira la lectura de Adagio en Granada, no tengo la menor duda de que al menos, ese día, habremos conseguido meternos en la cama sin vernos asaltados por las consideraciones pesimistas y los temores que acuden a nosotros, en el traicionero intervalo entre la vigilia y el sueño.





